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abril 27, 2011

Las linternas flotantes



XV

El poema es el rostro en el espejo
más verdadero que el rostro y que el espejo.
El poema es el flujo de la sangre
                                                        más allá del cuerpo,
el ritmo de la sangre más allá de la sangre
— sus causes rigurosos, su latido sordo y unitario.

El poema es el ritmo de lo otro en mí
más allá de mí, siempre, más allá,
donde mi silencio se topa con tu ritmo
y repercute en mí, que solfeo en el poema
un ritmo numinoso,
cifra que hace eco en el eco
que es cuerpo verdadero
— lo numinoso en ti y en mí —
el ciclo de las esferas tocándose y abandonándose
— alejándose, sí, una de la otra,
pero desasiéndose de sí también
cada cual
en su dorada, fecunda negligencia.

En su ritmo me despliego.
En su metrónomo
                             caprichoso y fugaz
despliega el universo sus fantasmagorías
— su verdad.

No hay traducción posible.
— o sí la hay:
de lo uno a sí mismo,
de lo uno a aquello que tantea y vence
de lo que sabe de sí
— su pobre imerio.

El poema, digo,
digo música, digo                   el movimiento
de la danza en el cuerpo, el de la piedra esculpida...
Y la música en el trazo y en la piedra, digo,
y el movimiento sinuoso y firme del poema,
docta cadencia, felicísima caída en el cruce
de todos los sentidos.


en Las linternas flotantes, Bajo La Luna, 2009
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