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agosto 06, 2011

Jo March, la escritora



Cada varias semanas ella se encerraría en su cuarto, se pondría su traje de garabatear y caería en una vorágine’, como ella lo expresaba, escribiendo su novela con todo su corazón y alma, ya que hasta que no estuviera terminada ella no encontraría paz. Su ‘traje de garabatear’ consistía en un delantal negro de lana sobre el cual ella podía secar su pluma como deseaba, y un gorro del mismo material, adornado con un alegre moño rojo.... Este gorro era una señal para los ojos inquisidores de su familia que durante estos períodos mantenía su distancia, tan sólo asomando sus cabezas semi-ocasionalmente para preguntar, con interés, ‘¿Arde el genio, Jo?’. No siempre se aventuraban a formular siquiera esta pregunta, sino que observaban el gorro y juzgaban de acuerdo a ello. Si este elemento expresivo del vestuario estaba hundido hondo sobre la frente, era signo de que un duro trabajo estaba siendo realizado; en un momento excitante era empujado airosamente en oblicuo; y cuando la desesperación capturaba a la autora era arrancado totalmente de un tirón y lanzado al piso. En aquellos momentos el individuo intruso se retiraba silenciosamente; y no hasta que el gorro rojo no era visto alegremente erecto sobre el semblante talentoso, nadie osaba hablar a Jo.
De ninguna manera ella se pensaba como una genia, pero cuando el ataque de escritura llegaba, se entregaba a  él con total abandono, y encabezaba una vida dichosa, inconsciente del deseo, cuidado o mal tiempo, mientras ella se sentaba a salvo y feliz en un mundo imaginario, repleto de gente amiga casi real y amada por ella como cualquier ser humano. El sueño abandonaba sus ojos. Las comidas permanecían sin ser probadas, días y noches eran todos muy cortos para disfrutar la alegría que la glorificaba en semejantes momentos y que hacían estas horas dignas de ser vividas, aunque ellas no dieran ningún otro fruto. La divina inspiración duraba generalmente una semana o dos, y luego ella emergía de su vorágine, hambrienta, con sueño, atravesada o desesperanzada.

Louisa May Alcott en Mujercitas.
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