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marzo 02, 2012

Puertas que se cierran, corazón que se abre



«El amor es de origen desconocido, pero siempre prevalece. Los vivos pueden morir de amor, y gracias al poder del amor reviven los muertos. El amor no es amor verdadero si quien lo siente no está dispuesto a morir por él, o si no puede devolver a la vida a quien ya ha muerto. ¿Es necesariamente irreal el amor que nace en el sueño? Porque en este mundo no faltan los amantes oníricos. El amor es algo sólo plenamente corpóreo para quienes deben satisfacerlo en la almohada, y para quienes sienten renovados sus afectos cuando se retiran de sus cargos.»
Prefacio de  El Pabellón de las Peonías, Tang Xianzu, 1598.


Después de la cena, Tía Quinta abandonaba las dependencias de las mujeres, donde éstas se reunían todas las noches, para ayudarme a mejorar la caligrafía.

—El arte de la escritura es una invención del mundo exterior de los hombres —me decía—. Es una práctica de carácter público (algo que nosotras, las mujeres, deberíamos evitar), pero tienes que aprenderla para que, llegado el momento, puedas ayudar a tu hijo con sus estudios.

Llenábamos hojas y más hojas. Copiábamos poemas del  Libro de los cantos, hacíamos ejercicios extraídos de  Las formaciones de batalla del pincel y practicábamos las lecciones del  Libro de los cuatro caracteres de la mujer hasta que los dedos se nos manchaban de tinta.

Además de perfeccionar mis pinceladas, las sencillas lecciones de Tía Quinta pretendían moldear mi carácter:

—Lo mejor que puedes hacer es tomar como maestros a los antiguos. La poesía existe para darte serenidad, no para corromper tu mente, tus pensamientos y emociones. Vístete correctamente, habla con gentileza pero no digas nada comprometido, lávate con esmero y con frecuencia, y mantén la armonía de tu mente. Así, tu virtud se reflejará en tu cara.

Yo la obedecía diligentemente, pero cada toque de mi pincel era una caricia que le hacía a mi poeta; cada susurro, un roce de mis dedos sobre su piel; cada carácter terminado, un regalo para el hombre que había ocupado por completo mis pensamientos.

Shao no se separaba de mí ni de día ni de noche, salvo cuando alguna de mis tías venía a mi habitación. Dormía en el suelo, a los pies de mi cama. Estaba allí cuando yo despertaba, cuando utilizaba el orinal, cuando practicaba las lecciones, cuando me acostaba. La oía roncar y tirarse ventosidades, olía su aliento y los excrementos que dejaba en el orinal, la veía rascarse el trasero y limpiarse los pies. Shao era implacable, y no paraba de hablar hiciera lo que hiciera.

—Tu madre ha comprobado contigo que las mujeres se vuelven rebeldes si se cultivan demasiado —afirmaba contradiciendo las enseñanzas de mis tías—. Tu imaginación te lleva lejos de los aposentos interiores. Ahí fuera acechan muchos peligros; tu madre necesita que lo entiendas. Olvida lo que has aprendido. Las Enseñanzas de la madre Wen nos explican que una niña sólo necesita conocer unos pocos caracteres escritos, como «leña», «arroz», «pescado» y «carne». Esas palabras te ayudarán a llevar una casa. Todo lo demás es peligroso.

A medida que se me iban cerrando puertas, mi corazón iba abriéndose más y más. A Liniang, una visita en sueños al Pabellón de las Peonías le había producido mal de amor. A mí me lo habían producido mis visitas a los pabellones de mi casa. De acuerdo, no podía controlar mis actos —mi forma de vestir, ni mi vida futura con ese tal Wu Ren —, pero mis emociones seguían siendo libres. He llegado a la conclusión de que, en parte, el mal de amor lo produce ese conflicto entre el control y el deseo. Cuando amamos, no podemos controlar nada. Nuestro corazón y nuestra mente están atormentados, incitados, tentados y encandilados por la abrumadora fuerza de unas emociones que nos hacen olvidar el mundo real. Pero ese mundo existe, y las mujeres hemos de procurar hacer felices a nuestros esposos siendo buenas esposas, concibiendo hijos varones, gobernando bien la casa y estando guapas para que ellos no se distraigan de sus actividades cotidianas ni pierdan el tiempo con las concubinas. Las mujeres no nacemos con esas habilidades, sino que deben inculcárnoslas otras mujeres. Mediante las lecciones, los aforismos y las habilidades adquiridas, se nos moldea... y se nos controla.

Lisa See en el Pabellón de las peonías, 2007.
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