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enero 16, 2012

Tilo



Soy maestra en especias.

Domino también el mundo de los minerales, los metales, la arcilla, la arena y la piedra. El de las gemas, con su luz fría y clara. El de los líquidos, cuyos matices se graban en los ojos hasta que no vesnada más. Todo lo aprendí en la isla.

Pero mi amor son las especias.

Conozco su origen y el significado de sus colores y sus aromas. Puedo llamar a cada una por su verdadero nombre, el que recibieron al principio, cuando la tierra se agrietó como piel y lo ofrendó al cielo. Su ardor fluye en mi sangre. Todas obedecen mis órdenes, desde el amchur al azafrán. Me basta con un susurro para que revelen sus propiedades ocultas, sus virtudes mágicas.

Sí, todas poseen magia, incluso las especias corrientes que echáis sin pensar en los guisos diarios.

¿Lo dudáis? ¡Vaya! Habéis olvidado los secretos antiguos que conocían las madres de vuestras madres. Os recordaré uno: si os frotáis las muñecas con semillas de vainilla, previamente reblandecidas en leche de cabra, os protegerán contra el mal de ojo. Y otro: una medida de pimienta, dispuesta en forma de media luna a los pies de la cama, ahuyenta las pesadillas.

Pero las especias que tienen más poder son las de mi tierra natal, país de poesía vehemente y plumas de color aguamarina. De cielos crepusculares tan brillantes como la sangre.

Son las que utilizo.

Si os colocáis en el centro de esta habitación y os volvéis despacio, contemplaréis reunidas aquí, en los estantes de mi tienda, todas las especias indias que han existido. Todas, incluidas las que han desaparecido.

Creo que no exagero si digo que no hay ningún otro lugar como éste en el mundo.

***

La tienda sólo lleva un año aquí. Pero ya son muchos los que al verla creen que ha existido siempre.

Comprendo la razón. Doblad la pronunciada esquina de Esperanza, donde paran con un chirrido los autobuses de Oakland, y la encontraréis: perfectamente encajada entre la estrecha puerta enrejada de la Pensión Rosa, todavía renegrida por el incendio del año pasado, y Lee Ying, Reparación de Aspiradoras y Máquinas de Coser, con el cristal astillado entre la R y la e de Reparación. El escaparate está manchado de grasa. Las letras enlazadas que dicen BAZAR DE ESPECIAS tienen un tono pardo terroso desvaído. En el interior, de las paredes veteadas de telarañas cuelgan descoloridas pinturas de los dioses, con sus tristes ojos oscuros. Se apilan cajas metálicas deslustradas hace mucho tiempo, repletas de atta, arroz basmati y masur dal; hileras e hileras de video películas, hasta la época del blanco y negro; piezas de tela teñida en los colores seculares, amarillo para el Año Nuevo, verde para la cosecha, rojo para la fortuna de la desposada.

Y amontonados en los rincones entre bolas de polvo, los deseos exhalados por quienes han estado aquí. Son lo más antiguo de cuanto hay en mi tienda. Porque incluso aquí en América, en esta tierra nueva, en esta ciudad que se ufana de haber nacido prácticamente ayer, deseamos las mismas cosas una y otra vez.

También alimento esa creencia. Porque también parece que yo lleve aquí desde siempre. Cuando los clientes entran agachándose bajo las hojas de mango verde de plástico que cuelgan en la puerta para dar buena suerte, esto es lo que ven: una mujer encorvada de tez color arena vieja detrás de un mostrador de cristal en el que hay mithai, los dulces de su infancia, de la cocina de sus madres. Burfis verde esmeralda, rasgulas blancas como el alba y laddus
de harina de lenteja semejantes a pepitas de oro. Les parece lógico que yo lleve aquí desde siempre, que comprenda sin mediar palabra su añoranza por las costumbres que decidieron dejar atrás cuando eligieron América. Y que comprenda su vergüenza por esa añoranza, que escomo el leve resabio amargo que nos queda en la boca cuando masticamos amlaki para refrescar el aliento.

Ellos no lo saben, claro. Que no soy vieja, que no es mía esta apariencia física que tomé en el fuego de Sampati cuando hice los votos de maestra. Las arrugas y nudosas articulaciones de este cuerpo me pertenecen como al agua las ondas que la rizan. Ellos noven el brillo fugaz que, bajo los párpados, desprenden mis ojos oscuros; y yo no necesito un espejo que me lo muestre, pues los espejos nos están prohibidos a la maestras. Los ojos, lo único que me pertenece.

No. Poseo algo más: mi nombre, que es Tilo, abreviatura de Tilottama, pues me llamaron como a la semilla de sésamo tostada al sol, especia nutritiva. Esto, ellos, mis clientes, no lo saben, ni que antes tuve otros nombres.

A veces, cuando pienso que en este inmenso país ni una sola persona sabe quién soy, me embarga la tristeza, lago de hielo oscuro.

No importa, me digo luego. Es mejor así.

—Recordadlo siempre —nos decía la Anciana, la Primera Madre, cuando nos enseñaba en la isla—. Vosotras no sois importantes. Ninguna maestra lo es. Lo importante es la tienda. Y las especias.


Chitra Banerjee Divakaruni en La señora de las especias, 1997.

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