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marzo 24, 2012

A una transeúnte


A una transeúnte

La calle atronadora aullaba en torno mío.
Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina
Una dama pasó, que con gesto fastuoso
Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos,

Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas.
De súbito bebí, con crispación de loco.
Y en su mirada lívida, centro de mil tomados,
El placer que aniquila, la miel paralizante.

Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza
Cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer.
¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?
¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca!
Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta,
¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!

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marzo 14, 2012

"Come Rain or Come Shine"


Cuando abrí el segundo armario, en busca de galletas o de una barra de chocolate, vi un pequeño cuaderno de notas encima de la mesa. Las tapas eran acolchadas y de color morado, detalle por el que destacaba entre las elegantes superficies minimalistas de la cocina. Mientras yo me tomaba el té, Emily, con las prisas de última hora, había vaciado y llenado su bolso de mano en la mesa. Evidentemente, había olvidado guardar el cuaderno. Pero nada más pensarlo se me ocurrió otra cosa: que aquel cuaderno morado era una especie de diario íntimo y que Emily lo había dejado allí a propósito, para que yo le echara un vistazo; que, por la razón que fuese, no se había atrevido a hablarme con más franqueza y había concebido aquel medio para explicarme su conflicto interior.
 
Me quedé un rato mirando el cuaderno. Luego estiré la mano, introduje el índice entre las páginas, por el centro, y lo levanté. Al ver la apretada caligrafía de Emily, aparté el dedo instintivamente y me alejé de la mesa, diciéndome que no tenía derecho a meter la nariz allí, fueran cuales fuesen las intenciones de Emily en un momento de irracionalidad.
 
Volví a la sala, me instalé en el sofá y leí más páginas de Mansfield Park. Pero no pude concentrarme. No dejaba de pensar en el cuaderno morado. ¿Y si no había sido un acto impulsivo? ¿Y si llevaba varios días planeándolo? ¿Y si había escrito algo expresamente para que yo lo leyera?
 
Diez minutos más tarde volví a la cocina y estuve mirando el cuaderno otro rato. Al final me senté en la misma silla que había ocupado para tomar el té, acerqué el cuaderno arrastrándolo con el dedo y lo abrí. De lo que me percaté inmediatamente es que si Emily confiaba sus pensamientos más íntimos a un diario, ese diario estaba en otra parte. Lo que tenía delante era, a lo sumo, una agenda con acotaciones; debajo de cada día había comentarios, algunos con una clara vena grandilocuente. Una anotación hecha con rotulador decía: «Si todavía no he llamado a Mathilda, ¿¿¿POR QUÉ DIABLOS NO HE LLAMADO??? ¡¡¡LLAMA!!! »
 
Otra informaba: «Terminar el mierda de Philip Roth. ¡Devolver a Marion!»
 
Pasé las páginas y de repente vi: «Raymond llega lunes. Ay, ay de mí.»
 
Un par de páginas después: «Ray mañana. ¿Cómo sobrevivir?»
 
Por último, aquella misma mañana, entre recordatorios relativos a faenas domésticas: «Comprar vino para recibir al Príncipe de los Quejicas.»
 
¿Príncipe de los Quejicas? Me costó un poco admitir que se estaba refiriendo a mí. Probé con todas las demás posibilidades —¿un cliente?, ¿un fontanero?—, pero al final, habida cuenta de la fecha y el contexto, hube de aceptar que no había ningún otro candidato tan prometedor. Pero, de súbito, la evidente injusticia del título otorgado me afectó con fuerza inesperada y, cuando me di cuenta, estrujaba la insultante página entre los dedos.
 
No fue un acto particularmente agresivo: ni siquiera arranqué la página. Simplemente cerré la mano con un solo movimiento y un instante después era otra vez dueño de mí, aunque, como es lógico, ya era demasiado tarde. Al abrir la mano, vi que también las dos páginas de debajo habían sido víctimas de mi cólera. Quise alisar el papel con la mano, para que recuperasen la forma original, pero volvían a arrugarse, como si su deseo más profundo fuera transformarse en basura.
 
De todos modos, estuve un largo rato haciendo movimientos de planchado sobre las páginas dañadas. Estaba a punto de admitir que mis esfuerzos eran inútiles —que nada de lo que hiciera podría ocultar debidamente lo que había hecho— cuando me di cuenta de que en algún lugar de la casa sonaba un teléfono.
Kazuo Ishiguro en Nocturnos, 2009.
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marzo 07, 2012

Carpe noctem


Carpe noctem, amor. Coge el brusco deseo
ciego como adivino,
los racimos del pubis y las constelaciones,
el romper y romper
de besos con dibujos de las olas y espirales.
Miles de arterias fluyen
mecidas como algas. Carpe Mare.
Seducción de la luz,
de los sexos abiertos como tersas actinias,
de la espuma en las ingles y las olas
y el vello en las orillas, salpicado de sed.
Desear es llevar
el destino del mar dentro del cuerpo.

Aurora Luque en Poemas para la siesta de Epicuro, 2008.
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marzo 06, 2012

La oveja negra


En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

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marzo 05, 2012



Té: Se conoce en India y China varios siglos antes de Cristo, primero como medicina y luego como bebida refrescante, pero no llegó a Europa hasta comienzos del siglo XV11, llevado por mercaderes holandeses. En el siglo XVIII era bebida corriente en Inglaterra, donde Thomas Twining empezó a venderlo por peso. Twining de Londres y la costumbre de beber esta infusión a las cinco de la tarde existe hasta el día de boy en ese país. En 1773 los colonos en Norteamérica tiraron al mar cargamentos de té, como protesta contra los impuestos y la falta de garantías políticas, iniciando así la guerra de independencia de los Estados Unidos contra Inglaterra.

Desde entonces los norteamericanos beben poco té (y lo prefieren helado). Se cultiva principalmente en climas calientes y húmedos de Asia y existen innumerables variedades, cuyo valor afrodisíaco depende de la fe del consumidor. Té con especias, leche y mucho azúcar, llamado chai, es popular en India, mientras que en Rusia se bebe (en vaso, nunca en taza) con limón, azúcar y en invierno un chorro de brandy. La refinada ceremonia del té en japón, chanoyu, se considera un arte gestual y una forma de meditación de acuerdo a los principios del Zen: armonía, respeto, pureza y tranquilidad. Estos cuatro principios, en apariencia opuestos a la sensualidad, pueden llegar a ser la esencia de la misma, pero para ello se debe recorrer dos veces el camino completo de los sentidos.

Isabel Allende en Afrodita, cuentos, recetas y otros afrodisíacos, 1997.
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marzo 02, 2012

Puertas que se cierran, corazón que se abre



«El amor es de origen desconocido, pero siempre prevalece. Los vivos pueden morir de amor, y gracias al poder del amor reviven los muertos. El amor no es amor verdadero si quien lo siente no está dispuesto a morir por él, o si no puede devolver a la vida a quien ya ha muerto. ¿Es necesariamente irreal el amor que nace en el sueño? Porque en este mundo no faltan los amantes oníricos. El amor es algo sólo plenamente corpóreo para quienes deben satisfacerlo en la almohada, y para quienes sienten renovados sus afectos cuando se retiran de sus cargos.»
Prefacio de  El Pabellón de las Peonías, Tang Xianzu, 1598.


Después de la cena, Tía Quinta abandonaba las dependencias de las mujeres, donde éstas se reunían todas las noches, para ayudarme a mejorar la caligrafía.

—El arte de la escritura es una invención del mundo exterior de los hombres —me decía—. Es una práctica de carácter público (algo que nosotras, las mujeres, deberíamos evitar), pero tienes que aprenderla para que, llegado el momento, puedas ayudar a tu hijo con sus estudios.

Llenábamos hojas y más hojas. Copiábamos poemas del  Libro de los cantos, hacíamos ejercicios extraídos de  Las formaciones de batalla del pincel y practicábamos las lecciones del  Libro de los cuatro caracteres de la mujer hasta que los dedos se nos manchaban de tinta.

Además de perfeccionar mis pinceladas, las sencillas lecciones de Tía Quinta pretendían moldear mi carácter:

—Lo mejor que puedes hacer es tomar como maestros a los antiguos. La poesía existe para darte serenidad, no para corromper tu mente, tus pensamientos y emociones. Vístete correctamente, habla con gentileza pero no digas nada comprometido, lávate con esmero y con frecuencia, y mantén la armonía de tu mente. Así, tu virtud se reflejará en tu cara.

Yo la obedecía diligentemente, pero cada toque de mi pincel era una caricia que le hacía a mi poeta; cada susurro, un roce de mis dedos sobre su piel; cada carácter terminado, un regalo para el hombre que había ocupado por completo mis pensamientos.

Shao no se separaba de mí ni de día ni de noche, salvo cuando alguna de mis tías venía a mi habitación. Dormía en el suelo, a los pies de mi cama. Estaba allí cuando yo despertaba, cuando utilizaba el orinal, cuando practicaba las lecciones, cuando me acostaba. La oía roncar y tirarse ventosidades, olía su aliento y los excrementos que dejaba en el orinal, la veía rascarse el trasero y limpiarse los pies. Shao era implacable, y no paraba de hablar hiciera lo que hiciera.

—Tu madre ha comprobado contigo que las mujeres se vuelven rebeldes si se cultivan demasiado —afirmaba contradiciendo las enseñanzas de mis tías—. Tu imaginación te lleva lejos de los aposentos interiores. Ahí fuera acechan muchos peligros; tu madre necesita que lo entiendas. Olvida lo que has aprendido. Las Enseñanzas de la madre Wen nos explican que una niña sólo necesita conocer unos pocos caracteres escritos, como «leña», «arroz», «pescado» y «carne». Esas palabras te ayudarán a llevar una casa. Todo lo demás es peligroso.

A medida que se me iban cerrando puertas, mi corazón iba abriéndose más y más. A Liniang, una visita en sueños al Pabellón de las Peonías le había producido mal de amor. A mí me lo habían producido mis visitas a los pabellones de mi casa. De acuerdo, no podía controlar mis actos —mi forma de vestir, ni mi vida futura con ese tal Wu Ren —, pero mis emociones seguían siendo libres. He llegado a la conclusión de que, en parte, el mal de amor lo produce ese conflicto entre el control y el deseo. Cuando amamos, no podemos controlar nada. Nuestro corazón y nuestra mente están atormentados, incitados, tentados y encandilados por la abrumadora fuerza de unas emociones que nos hacen olvidar el mundo real. Pero ese mundo existe, y las mujeres hemos de procurar hacer felices a nuestros esposos siendo buenas esposas, concibiendo hijos varones, gobernando bien la casa y estando guapas para que ellos no se distraigan de sus actividades cotidianas ni pierdan el tiempo con las concubinas. Las mujeres no nacemos con esas habilidades, sino que deben inculcárnoslas otras mujeres. Mediante las lecciones, los aforismos y las habilidades adquiridas, se nos moldea... y se nos controla.

Lisa See en el Pabellón de las peonías, 2007.
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