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julio 28, 2011

Petronio



Petronio
Novelista

Nació en los días en que saltimbanquis vestidos con trajes verdes hacían pasar a cerditos amaestrados por aros de fuego; cuando porteros barbudos, con túnica cereza, desgranaban legumbres en una bandeja de plata, delante de los mosaicos galantes a la entrada de las quintas; cuando los libertos, llenos de sestercios, maniobraban en las ciudades de provincia para obtener cargos municipales; cuando los rapsodas, a los postres, cantaban poemas épicos; cuando el lenguaje estaba relleno de vocablos de ergástulo y redundancias ampulosas venidas de Asia.

Su infancia transcurrió entre elegancias como esas. No se ponía dos veces seguidas una lana de Tiro. La platería que caía en el atrio se hacía barrer junto con la basura. Las comidas estaban compuestas por cosas delicadas e inesperadas y los cocineros variaban sin cesar la arquitectura de las vituallas. No había que asombrarse si al abrir un huevo se encontraba una pasa de higo, ni temer cortar una estatuilla imitación de Praxíteles esculpida en foiegras. El yeso que tapaba las ánforas estaba diligentemente dorado. Cajitas de marfil indio encerraban perfumes ardientes destinados a los convidados. Los aguamaniles estaban perforados de diversas maneras y llenos de aguas coloreadas que sorprendían al surgir. Toda la cristalería representaba monstruosidades irisadas. Al asir ciertas urnas las asas se rompían en los dedos y los flancos se abrían para dejar caer flores artificiales pintadas. Pájaros de África de cabeza escarlata cacareaban en jaulas de oro. Detrás de rejas incrustadas en las ricas paredes de las murallas, chillaban muchos monos de Egipto que tenían caras de perro. En receptáculos preciosos reptaban animales delgados que tenían flexibles escamas rutilantes y ojos con rayas de azur.

Así Petronio vivió blandamente, pensando que hasta el aire que aspiraba había sido perfumado para su uso. Cuando hubo llegado a la adolescencia, luego de haber encerrado su primera barba en un cofre ornado, comenzó a mirar alrededor de él. Un esclavo cuyo nombre era Siro, que había servido en el circo, le enseñó cosas desconocidas. Petronio era pequeño, negro y bizqueaba de un ojo. No era de ningún modo de raza noble. Tenía manos de artesano y un espíritu culto. De ahí que le fuese placentero darles forma a las palabras e inscribirlas. Estas no se parecían en nada a lo que los poetas antiguos habían imaginado. Porque se esforzaban por imitar a todo lo que rodeaba a Petronio. Y no fue sino más tarde cuando tuvo la fastidiosa ambición de componer versos.

Conoció entonces a gladiadores bárbaros y charlatanes de feria, hombres de miradas oblicuas que parecían echar el ojo a las legumbres y descolgaban pedazos de carne, niños de cabellos rizados que paseaban a senadores, viejos parlanchines que discurrían sobre los asuntos de la ciudad en las esquinas, lacayos lascivos y rameras advenedizas, vendedores de frutas y patrones de albergues, poetas lamentables y sirvientas picaras, sacerdotisas equívocas y soldados errantes. Fijaba en ellos su ojo bizco y captaba con exactitud sus modales y sus intrigas. Siro lo llevaba a los baños de esclavos, a las celdas de las prostitutas y a los reductos subterráneos donde los figurantes de circo se ejercitaban con sus espadas de madera. A las puertas de la ciudad, entre las tumbas, le confió las historias de los hombres que cambian de piel, que los negros, los sirios, los taberneros y los soldados guardianes de las cruces de tortura se pasaba» de boca en boca.

Alrededor de los treinta años, Petronio, ávido de esa libertad diversa, comenzó a escribir la historia de esclavos errantes y disipados. Reconoció sus costumbres en medio de las transformaciones del lujo; reconoció sus ideas y su lenguaje en medio de las conversaciones elegantes de los festines. Solo ante su pergamino, apoyado en una mesa olorosa de madera de cedro, dibujó con la punta de su cálamo las aventuras de un populacho ignorado. A la luz de sus altas ventanas, bajo las pinturas de los artesones, imaginó las antorchas humeantes de las hosterías y ridículos combates nocturnos, molinetes de candelabros de madera, cerraduras forzadas a hachazos por esclavos de la justicia, camastros grasientos recorridos por chinches y recriminaciones de procuradores de islote en medio de aglomeraciones de pobre gente vestida con cortinas desgarradas y trapos sucios.

Se dice que cuando acabó los dieciséis libros de su invención, mandó llamar a Siro para leérselos, y que el esclavo reía y gritaba muy fuerte golpeando sus manos. En ese momento maquinaron el proyecto de llevar a la práctica las aventuras compuestas por Petronio. Tácito refiere mentirosamente que Petronio fue arbitro de la elegancia en la corte de Nerón y que Tigelino, celoso, le hizo enviar la orden de muerte. Petronio no se desvaneció delicadamente en una bañera de mármol, murmurando versitos lascivos. Huyó con Siro y terminó su vida recorriendo los caminos.
Su apariencia le permitía disfrazarse con facilidad.

Siro y Petronio cargaron un poco cada uno el pequeño saco de cuero que contenía sus enseres y sus denarios. Durmieron a la intemperie, junto a los túmulos de las cruces. Vieron brillar tristemente en la noche las pequeñas lámparas de los monumentos fúnebres.

Comieron pan agrio y aceitunas blandas. No se sabe si volaron. Fueron magos ambulantes, charlatanes de campaña y compañeros de soldados vagabundos. Petronio olvidó completamente el arte de escribir tan pronto como vivió la vida que había imaginado. Tuvieron jóvenes amigos traidores a los que amaron, y que los abandonaron en las puertas de los municipios quitándoles hasta su último as. Se entregaron a toda clase de desenfrenos con gladiadores evadidos. Fueron barberos y mozos de baños. Durante varios meses vivieron de panes funerarios que sustraían de los sepulcros. Petronio aterrorizaba a los viajeros con su ojo opaco y su negrura que parecía maliciosa. Desapareció una noche. Siro pensó que lo encontraría en una celda roñosa donde habían conocido a una ramera de cabellera enredada. Pero un carnicero ebrio le había hundido una ancha hoja en el pescuezo, cuando yacían juntos, a campo raso, en las losas de una sepultura abandonada.

Marcel Schwob, Vidas imaginarias.
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julio 26, 2011

El color de Cuervo



El color de Cuervo

Cuervo era mucho más negro
que la sombra de la luna
tenía estrellas.

Cuervo era mucho más negro
que cualquier negro
tanto más negro
que la pupila del negro.

Como el sol, incluso,
más negro
que cualquier ceguera.


***

Crowcolour

Crow was so much blacker
Than the moon’s shadow
He had stars.

He was as much blacker
Than any negro
As a negro’s eye-pupil.

Even, like the sun,
Blacker
Than any blindness.

Ted Hughes, Cuervo (traducción de Jordi Doce, edit. Hiperión)
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julio 25, 2011

¿Cuál es la función del crítico?



¿Cuál es la función del crítico? En lo que a mí respecta, puede ofrecerme uno o más de los siguientes servicios.

  1. Darme a conocer obras o autores que hasta el momento ignoraba.
  2. Convencerme de que subestimé a un autor o una obra por no haberlos leído con bastante atención.
  3. Señalarme relaciones entre obras de diferentes épocas y culturas que nunca habría encontrado por mi cuenta porque no sé lo suficiente y jamás lo sabré.
  4. Ofrecerme una lectura de la obra que profundice mi comprensión de la misma.
  5. Echar luz sobre el proceso de "composición" artística.
  6. Echar luz sobre la relación del arte con la vida, la ciencia, la economía, la ética, la religión, etcétera.
 Wystan Hugh Auden en La mano del teñidor, Adriana Hidalgo Editora, 2007.
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julio 23, 2011

Medea



Mientras afuera, entre gemidos
las conjeturas más variadas
martillaban el corazón de las mujeres del pueblo,
ella miraba sus manos
y en silencio
leía la escritura indeleble.

Por la ventana entró el murmullo
de los niños de ojos claros,
entró en su pecho envejecido
y lo armó de fuerza más dura que una coraza.

Así se abalanzó hacia las puertas
con el cuchillo de suave lengua.

Entonces comenzó lo que todos saben.

Susana Thénon en La morada imposible, Ediciones Corregidor, 2001.
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julio 22, 2011

Comer y dormir



Hay hombres que viven toda su vida en el error,
otros, más antiguos, habitan las grietas
de una falla geológica;
vivas donde vivas también te llegará un día
en un sobre sin remitente
la fecha de vencimiento
de todo lo que se da y quita; haya en un costado
un corral: donde los que fueron
corderos saltando cercos en el sueño originario
son ahora alimañas llevando en el lomo
sellada la cuenta regresiva.
Todo, cual si despertaras
bebiendo y comiendo algo
de la mano de un débil mental,
acaso confirmando que demasiadas veces
lo superior se sujeta a lo inferior.


Eduardo Ainbinder en Carreras tras la fealdad
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julio 19, 2011

La Ilíada


Lo primero que aprendí leyendo La Ilíada, amigo lector de la audaz pupila, es que hay que abrazar la fe de las religiones monoteístas, si es que tenemos suficiente fe y no hay otra cosa más excitante para abrazar.

Es verdad que las religiones monoteístas ofrecen dioses únicos, omnipresentes, siempre cuestionados por aquello de que "quien mucho abarca poco aprieta" o "el que desea estar en todos lados, en definitiva, no está en ninguno". Pero, ese dios siempre será mejor que la pandilla de dioses impresentables, corruptos, entrometidos y poco serios que participaron en el conflicto de la bien murada Troya, sin permitir que mirmidones, carios, légeles, caucones, pelasgos y troyanos por un lado, y licios, misios, frigios y meonios por el otro, tuvieran su guerra en paz. Una banda de deidades de corte mafioso que azuzaban, interferían, desalentaban y disponían la suerte de los ejércitos enfrentados. A saber: Hera, Atenea, Poseidón, Hermes y Hefesto, con los aqueos. Ares, Apolo, Artemisa, Leto, el Janto y Afrodita, con los troyanos. Por cierto, la ausencia de un dios absoluto, multipropósito, todoterreno, que solucionara los problemas más diversos, obligaba a las especializaciones por áreas. Del amor se ocupaba Afrodita. Ares estaba a cargo de la guerra. Hades manejaba el mundo subterráneo, posiblemente, el petróleo. Zeuz era, según Homero, "el que amontona las nubes", calificación ni negativa ni positiva sobre una actividad un tanto vaga, que abre dudas sobre si Zeuz no era, en definitiva, un inútil. Hefesto era el dios de la metalurgia, cargo que lo emparentaba con la cuestionada condición de un sindicalista. De todas maneras, algunos, al menos, descubrían sus propósitos con la sola mención de sus nombres, como la diosa Discordia. Demás está decir que hasta el menos avispado de los mortales se daba cuenta de que, cuando esta deidad aparecía, traía consigo problemas, complicaciones, peleas y, como dirían los mirmidones y los argentinos, todo tipo de quilombos.
Otra cosa que aprendí, lector del ardiente iris, al leer ese libro, cuando la adolescencia me cubría con su azafranado velo, es que las mujeres siempre traen problemas y dolores de cabeza. La bella Helena, seducida por Paris, desata una guerra que dura diez años. Y, agradezcamos a que dio resultado el tonto ardid del caballo porque, de lo contrario, se hubiera prolongado hasta el aburrimiento y su final hubiese hallado a una Helena vieja, ajada, gorda y reumática que haría preguntarse a los vencedores: "¿Y por este despojo peleamos tanto?".
¿Cuánto hubiese tenido que alargar, me pregunto, su show unipersonal el no vidente Homero para cantar la historia de Troya, considerando que ya, con diez años de combate, el público se le dormía al tercer año, detalle del cual él no se percataba porque, afortunadamente, era ciego?
Otra cosa que aprendí, lector del lagrimal arduo, es cómo han cambiado los conceptos de belleza. Antes eran otras las cualidades que se exaltaban en una mujer. Criseida era "la de las hermosas mejillas". Andrómaca, "la de los blancos brazos". Iris, "la de los pies ligeros", eufemismo, tal vez, para no decirle "la ligera de cascos". Y Tetis, nombre que quizás ocultaba el vulgar apodo de "la Tetas", era "la de las hermosas trenzas". Ninguna era "la de las nalgas rozagantes" o "la de los pechos tiesos", lo que revelaba otros valores en el gusto masculino.
Aprendí también que "icor" era el nombre de la sangre que corría por las venas de los dioses. Posiblemente la traducción registró "icor" y no "licor". Porque algunos comportamientos de los dioses eran, absolutamente, propios de borrachos. Poseidón, por ejemplo, se disfraza de Calcante, el adivino, para incitar a los aqueos. Lo hace tan mal, debido al alto contenido alcohólico en su sangre que, Ayax, simple mortal, le comenta a su hermano: "Vino Poseidón disfrazado de adivino". Juro que cuando leí eso, lector del cristalino cóncavo, dejé la bebida. Y no había cumplido yo los 13 años.
También aprendí de La Ilíada que, incluso una madre, puede cometer errores irreparables. Tetis acude a Hefesto, dios de la metalurgia, para pedirle una armadura para Aquiles, su hijo, "el de los pies veloces". Le encarga un escudo con triple cenefa con abrazaderas de plata, una coraza, un casco y un par de grebas, protectores que cubrían las piernas desde las rodillas a los pies. Pero luego manda a Aquiles a pelear en sandalias, como si fuera verano, desprotegiendo su vital talón. Allí acierta la flecha de Paris y muere Aquiles, el de los pies tan veloces como desnudos.
Y por último aprendí, amigo lector del pesado párpado, que no hay que leer un libro con tantos personajes como La Ilíada en la temprana adolescencia. Porque si, mucho tiempo después, uno debe recordarlo, ya la memoria se habrá evaporado, como se evaporaba la negra sangre de los guerreros sobre las sinuosas riberas del Escamandro.

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julio 18, 2011

Sin llaves y a oscuras





Sin llaves y a oscuras

Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.

Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro
la basura en la mano.




Fabián Casas en  El Salmón, Libros de Tierra Tirme, 1996.
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julio 17, 2011

Movimiento



Una mujer sola frente al mar
es más majestuosa que él.
Puede pasar una gaviota
agurando la muerte
o puede caer el sol humedeciendo
las lonas de las carpas
hasta apagarlas,
pero una mujer
frente al mar
mece su soledad como una dueña
y no se estremece.
La luz del mar tiene la importancia
y el movimiento de su ánimo, de su alma.
El viento suena alrededor
de la mujer
y la despierta:
ahora se trata de la playa sin luz, una mujer,
el sol caído, el sonido del mar,
carpas levantadas,
el viento que lo da vuelta
todo.

Irene Gruss en La mitad de la verdad (bajo la luna, 2008).
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julio 16, 2011

Jugar a pensar



El arte de pensar sin riesgos. Si no fuese por los caminos de emoción adonde el pensamiento conduce, el pensar ya se habría catalogado como uno de los modos de divertirse. No se invita a los amigos al juego a causa de la ceremonia que se cumple al pensar. El mejor modo es invitar sólo a una visita, y, como quien nada pide, pensar juntos, con el disimulo de las palabras.
Esto, en tanto juego liviano. Pues para pensar en profundidad -que es el máximo grado de hobby- es necesario estar solo. Porque entregarse a pensar es una gran emoción, y solamente se tiene el valor de pensar delante de otro cuando la confianza es tan grande que no hay inhibición en usar, de ser necesario, la palabraotro. Además se exige mucho de quien nos ve pensar: que tenga un corazón grande, amor, cariño, y la experiencia de haberse entregado también a pensar. Se exige tanto de quien oye las palabras y los silencios -como se exigiría en el sentir. No, no es cierto. En el sentir se exige más.
Bueno, pero, en cuanto al pensar como diversión, la ausencia de riesgos lo pone al alcance de todos. Algún riesgo existe, es claro. Se juega y se puede salir con el corazón ensombrecido. Pero por lo general, si se toman los recaudos intuitivos, no hay peligro.
Como hobby, presenta la ventaja de ser por excelencia transportable. Aunque en el seno del aire sea aún mejor, a mi ver. En ciertas horas de la tarde, por ejemplo, cuando la casa llena de luz más parece vaciada por la luz, mientras la ciudad entera se estremece trabajando y sólo nosotros trabajamos en casa pero nadie lo sabe -en esas horas en que la dignidad se reharía si contáramos con un taller de arreglos o una sala de costura-, en esas horas: se piensa. Así: se empieza desde el punto exacto donde uno se encuentre, aunque no sea por la tarde; sólo por la noche no lo aconsejo.
Una vez por ejemplo -en el tiempo en que mandábamos la ropa a lavar afuera- estaba yo haciendo la lista. Tal vez por el hábito de poner título o por unas súbitas ganas de tener un cuaderno prolijo como en la escuela, escribí: lista de ... Y fue en ese instante cuando aparecieron las ganas de no ser seria. Es ésta la primera señal del animus brincandi, en  materia de pensar-como hobby. Y escribí aguda: lista de sentimientos. Lo que quería decir con esto tuve que dejarlo para más adelante -señal de que estaba en el camino correcto y que no me afligía por no entender; la actitud debe ser: no se pierde por esperar, no se pierde por no entender.
Entonces empecé una listita de sentimientos de los cuales no sé el nombre. Si recibo un regalo hecho con cariño por una persona que no quiero -¿cómo se llama lo que siento? La falta que se siente de una persona que ya no queremos, ese dolor y ese rencor -¿cómo se llaman? Estar ocupada -y de pronto detenerme por haber sido invadida por una súbita indolencia dulcificadora y venturosa, como su una luz de milagro hubiese entrado en la sala: ¿cómo se llama lo que se ha sentido?
Pero debo aclarar. A veces se empieza a jugar a pensar, y he aquí que inesperadamente es el juguete el que empieza a jugar con nosotros. No es bueno. Es sólo fructífero. 

Clarice Lispector en Revelación de un mundo, Adriana  Hidalgo, 2005.
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Perdiendo velocidad



Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.
     —¿Qué pasa? —le pregunté.
     Tardó en sacar la vista de los huevos.
     —Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.
     Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.
     —No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.
     —¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.
     Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas aterciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.
     Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.
     —Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.
     Miró los huevos.
     —Creo que me estoy por morir.
     Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.
     —Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.
     Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.

     Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.
     —¿Café? —pregunto.
     —¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.





Samanta Schweblin en Pájaros en la boca, Emecé, 2009.

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julio 15, 2011

Ut pictura poesis







Ut pictura poesis

habría que decir
un trazo
de ningún lado a ningún lado

o bien esa minúscula
alegoría de lo abstracto

el mundo
acaso
-----efímero
------------tejiendo

signos imprecisos
de un alfabeto olvidado

o estrellas
donde comienza el deseo

de no morir
y morir

esas ganas de arder
en lo incompleto

como un rojo que colmara
una ausencia con su ausencia

habría que decir lo que promete
una moneda a la absoluta
casa imaginaria

y trae siempre
lo que tuvo que traer

como deriva luminosa
de un fracaso



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julio 14, 2011

Un silencio palpable





Un silencio palpable


Qué es más delicioso 
que un silencio palpable, 
un látex cremoso de silencio, 
que se mezcle con una larga vara. Ese 
silencio es particularmente espeso 
en el fondo, una crema muy suave, como 
una pintura de calidad que se vende por galón. 
Éste es un silencio base 
que sólo adquiere color 
con, digamos, un ligero toque de 
verde, como cuando un ave canta 
con indolencia acerca de los árboles 
que ha conocido. Es un silencio 
limpio, que no nos divide, 
es viscoso como los sueños, 
pero como en los sueños buenos, 
donde las cosas dulces perduran 
más allá de la credibilidad. 
Incluso en el sueño sabemos 
que esto es un lujo.

***
A palpable silence

What is as delightful
as a palpable silence,
a creamy latex of a 
silence, stirrable
with a long stick. Such
a silence is particularly
thick at the bottom, a
very smooth lotion, like
good paint by the gallon.
This is a base silence,
colored only by addition,
say a small squeeze of 
green when the bird sings
idly of trees he has
seen. It is a clean
silence, the kind that
does not divide us,
like dreams it is
viscous but like good dreams
where sweet things last and 
last past credibility.
Even in the dream we know
it is a luxury.



Kay Ryan en Stangely Marked Metal
Publicado por Copper Beech Press,1985.
Traducción de Argentina Rodríguez
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julio 12, 2011

So Long

 
 
So Long


Il y a toujours une ville, des traces de poètes
Qui ont croisé leur destinée entre ses murs
L'eau coule un peu partout, la mémoire murmure
Des noms de ville, des noms de gens, trous dans la tête.

Et c'est toujours la même histoire qui recommence,
Horizons effondrés et salons de massages
Solitude assumée, respect du voisinage,
Il y a pourtant des gens qui existent et qui dansent.

Ce sont des gens d'une autre espèce, d'une autre race,
Nous dansons tout vivants une danse cruelle
Nous avons peu d'amis mais nous avons le ciel,
Et l'infinie sollicitude des espaces;

Le temps, le temps très vieux qui prépare sa vengeance,
L'incertain bruissement de la vie qui s'écoule
Les sifflements du vent, les gouttes d'eau qui roulent
Et la chambre jaunie où notre mort s'avance.

***

So Long

Hay siempre una ciudad, con huellas de poetas
Que entre sus muros han cruzado sus destinos
Agua por todos lados, la memoria murmura
Nombres de gente, nombres de ciudades, olvidos.

Y siempre recomienza la misma vieja historia,
Horizontes deshechos y salas de masaje
Soledad asumida, vecindad respetuosa,
Hay allí, sin embargo, gente que existe y baila.

Son gente de otra especie, personas de otra raza,
Bailamos exaltados una danza cruel
Y, con pocos amigos, poseemos el cielo,
Y la solicitud sin fin de los espacios;

El tiempo, el viejo tiempo, que urde su venganza,
El incierto rumor de la vida que pasa
El silbido del viento, el goteo del agua
Y el cuarto amarillento en que la muerte avanza.


Michel Houellebecq en Le sens du combat, IV
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julio 11, 2011

El arte del cuento (fragmento)





Siempre he oído decir que el cuento es uno de los géneros literarios más difíciles; y siempre he tratado de descubrir por qué la gente tiene tal impresión respecto de lo que considero una de las formas más naturales y básicas de la expresión humana.
            Aún me inclino a pensar que la mayor parte de la gente posee una cierta capacidad innata para contar historias; capacidad que suele perderse, sin embargo, en el camino. Por supuesto, la capacidad de crear vida con palabras es esencialmente un don. Si uno lo posee desde el inicio, podrá desarrollarlo; pero si uno carece de él, mejor será que se dedique a otra cosa.
            No obstante, he podido advertir que son las personas que carecen de tal don, las que, con mayor frecuencia, parecen poseídas por el demonio de escribir cuentos. Estoy segura que son ellas quienes escriben los libros y los artículos sobre "como se escribe un cuento".
            Un cuento es una acción dramática completa, y en los buenos cuentos los personajes se muestran por medio de la acción, y la acción es controlada por medio de los personajes. Y como consecuencia de toda la experiencia presentada al lector se deriva el significado de la historia. Por mi parte prefiero decir que un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona, en tanto comparte con nosotros una condición humana general, y en tanto se halla en una situación muy específica. Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana.
            Para el escritor de ficciones, en el ojo se encuentra la vara con que ha de medirse cada cosa; y el ojo es un órgano que además de abarcar cuanto se puede ver del mundo, compromete con frecuencia nuestra personalidad entera. Involucra, por ejemplo, nuestra facultad de juzgar. Juzgar es un acto que tiene su origen en el acto de ver. En la escritura de ficción, salvo en muy contadas ocasiones, el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas.
            Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno.
            En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción de la historia. En la mayoría de esos cuentos, siento que el escritor ha pensado en una acción y luego seleccionado un personaje para que la lleve a cabo. Usualmente, existen más probabilidades de llegar a un buen fin si se comienza de otra manera. Si se parte de un personaje real estamos en camino de que algo pase antes de empezar a escribir, no se necesita saber qué. En verdad, puede ser mejor que uno ignore lo que sucederá. Cada uno debe ser capaz de descubrir algo en el cuento que escriba.




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julio 06, 2011

Dance Dance Dance (fragmento)



Había una mujer que de vez en cuando se quedaba a dormir en mi apartamento. Luego desayunábamos juntos, y ella se iba al trabajo. Tampoco ella tiene nombre, pero sólo porque no es un personaje de esta historia. Aparece brevemente y desaparece enseguida. Por eso no le pongo nombre, para no liar las cosas. Pero que nadie piense que me la tomo a la ligera. La apreciaba mucho, y la sigo apreciando ahora que ya no está.
Éramos amigos, por así decirlo. Era, al menos, la única persona con la que podía decir que me unía cierta amistad. Tenía un novio formal, que no era yo. Trabajaba en una compañía de teléfonos, preparando las facturas con el ordenador. Ni yo le pregunté sobre su trabajo ni ella me contó demasiado, pero creo que era eso. Calcular el montante de las facturas telefónicas de otras personas, preparar los recibos, algo por el estilo. Por eso todos los meses, al ver en el buzón el recibo del teléfono, me daba la impresión de estar recibiendo una carta personal.
Además se acostaba conmigo. Dos o tres veces al mes, más o menos. Pensaba que yo había caído de la luna o de algún lugar semejante. “¿Aún no te has vuelto a la luna?” me pregunta entre risas. Estamos en la cama, desnudos, nuestros cuerpos muy juntos, sus pechos contra mi costado. Así pasmos muchas noches, charlando hasta el amanecer. El ruido de la autopista no cesa ni un momento. En la radio suena monótona una canción de los Human League. Human League. ¡Qué nombre tan absurdo! ¿Por qué usarán un nombre tan sin sentido? Antes la gente era mucho más moderada a la hora de ponerle nombre a un grupo. Imperials, Supremes, Flamingos, Falcons, Impressions, Doors, Four Seasons, Beach Boys.
Ella ríe cuando me oye decir estas cosas. Y luego dice que soy un tipo raro, distinto. En qué soy distinto, eso es algo que desconozco. Yo creo que soy una persona tremendamente normal con una forma de pensar tremendamente normal. Human League.
“Me gusta estar contigo”, me dice. “A veces me vienen unas ganas tremendas de estar contigo. En el trabajo, por ejemplo.”
“Aha”
“A veces”, dice ella marcando las palabras. Y luego deja pasar unos treinta segundos. La canción de los Human League ha terminado, y ahora suena algo de un grupo que no conozco. “Ese es tu problema”, continúa. “Me encanta estar así los dos juntos, pero no se me ocurriría pasar todo el día contigo, de la mañana a la noche. ¿Por qué será?”
“Ni idea.”
“No es que esté incómoda contigo. Es sólo que, cuando estamos juntos, a veces me da la impresión de que el aire se vuelve increíblemente liviano. Como si estuviéramos en la luna.”
“Este es un pequeño paso para el hombre...”
“No estoy bromeando”, me contesta incorporándose en la cama y mirándome de frente. “Lo digo por tu bien. ¿Hay alguna otra persona que te diga estas cosas? ¿Qué me dices? ¿Acaso tienes a alguien?”
“A nadie”, le digo sinceramente. Absolutamente a nadie.
Vuelve a tumbarse, apoyando sus pechos en mi costado. La palma de mi mano le acaricia suavemente la espalda.
“Pues eso. Cuando estoy contigo, hay veces que el aire se hace muy liviano, como en la luna.”
“El aire de la luna no es liviano” le apunto. “En la superficie de la luna no hay absolutamente nada de aire. Por eso...”
“Es liviano”, susurra ella. No sé si ha ignorado mis palabras o si no las ha oído en absoluto. Pero oírla hablar en voz baja me pone nervioso. No sé por qué, pero hay algo en su susurro que me inquieta. “Increíblemente liviano, a veces. Es como si tú y yo respiráramos aires totalmente distintos. Lo sé.”
“Faltan datos” le digo.
“¿Quieres decir que no sé nada sobre ti?”
“Tampoco yo sé demasiado de mí mismo” contesto. “Lo digo en serio, no es que trate de filosofar. Es más real que todo eso. Faltan datos así, en general.”
“Pues ya eres mayorcito. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y tres?” Ella tiene veintiséis.
“Treinta y cuatro”, la corrijo. “Treinta y cuatro años y dos meses.”
Ella mueve la cabeza. Luego se levanta de la cama, se acerca a la ventana y abre la cortina. Se ha puesto mi pijama.
“Vuélvete a la luna”, me dice mientras la señala con el dedo.
“¿No hace frío?”, le pregunto.
“¿Quieres decir en la luna?”
“No, estoy hablando de ti”, contesto. Estamos en Febrero. Junto a la ventana, su respiración se ha vuelto blanca, pero sólo al oír mis palabras parece tomar consciencia de ello.
Se apresura a volver a la cama. La abrazo, y noto el frío del pijama. Aprieta su nariz contra mi cuello. Está helada. “Te quiero”, me dice.
Quiero decir algo, pero no me salen las palabras. Ella me gusta mucho. El tiempo se pasa volando cuando estamos los dos así, en la cama. Me gusta dar calor a su cuerpo y acariciar su pelo. Escuchar el leve sonido de su respiración al dormir, llevarla al trabajo por la mañana, recibir la factura de teléfono que ella ha calculado (o eso quiero creer), verla con mi pijama puesto, que le queda grande. Pero no puedo expresarlo con palabras cuando llega el momento. No estoy enamorado de ella, pero tampoco vale decir simplemente que me gusta.
¿Qué se supone que debo decir?
El caso es que no soy capaz de decir nada. No se me aparecen las palabras necesarias. Sé que mi silencio la hiere. Ella no quiere que me dé cuenta, pero lo siento. Lo siento mientras acaricio la suave piel de su espalda sobre la espina dorsal. Muy claramente. Nos abrazamos en silencio durante unos instantes, escuchando una canción de título desconocido. Su mano está apoyada en mi vientre.
“Cásate con una mujer de la luna y crea con ella una estupenda familia de lunáticos”, me dice con dulzura. “Es lo mejor que puedes hacer.”
Sin dejar de abrazarla, observo la luna por encima de su hombro, a través de la ventana abierta. De vez en cuando atraviesan la autopista enormes camiones cargados de algo muy pesado y levantando un estruendo lleno de malos presagios, como un iceberg que comienza a derrumbarse. Me pregunto cuál será su carga.
“¿Qué tienes para desayunar?” me pregunta.
“Nada fuera de lo normal. Lo de siempre. Jamón, huevos, tostadas, la ensalada de patata que me hice ayer, y café. Si quieres, te lo preparo con leche caliente” contesto.
“Estupendo”, me dice con una sonrisa. “¿Por qué no preparas unos huevos con jamón, y me sirves el café con tostadas?”
“Ningún problema” le aseguro.
“¿Sabes qué es lo que más me gusta del mundo?”
“Francamente, no tengo ni idea.”
“Lo que más me gusta”, me dice mirándome a los ojos, “es estar en la cama una fría mañana de invierno, sin ninguna gana de levantarme. Y entonces oler el aroma del café, y oír el sonido de los huevos con jamón al freírse, y el crujir de las tostadas cuando las cortan, y saltar de la cama sin poderme contener.”
“Pues vamos a verlo”, le digo riendo.

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julio 05, 2011

Argot infinito





Entró un montón de viento a mis partituras mientras estabas en casa, maría
quedaban para arriba y para abajo, dibujadas con descaro sobre la alfombra
La primera vez después del invierno con las ventanas abiertas todo el día

Desparramadas de mil maneras diferentes las notas con un ritmo de luces de rigor fractal
El horizonte imparte su lección de argot después del atardecer
Lo que inventamos: un juego infinito, vos pedías
reconocer cómo unos ritmos se creaban sin lógica
así como –habíamos pensado a la tarde– no se puede –o casi– ver abrirse una flor

un juego: 
Una lupa para ver los pelitos amarillos, un lunar y el sol todo el tiempo del mundo
Hoy el rubor en la piel brotó del verano con la flor de un ciruelo 
Fuimos por una escalera color celeste subiendo entre las nubes hasta alcanzar lo que sonreía a través de nosotras, maría

Inventamos un ritual con naranjas, le poníamos el gajo a la otra en la boca pero antes
Los hacíamos besarse y vos te alegrabas de no estar sufriendo, yo también 
tenía que darme cuenta, sufrir no vale la pena, me lo tenías que recordar
reírnos y olvidar el sabor adictivo que le veníamos agarrando 

Pasemos tardes así, maría, tardes en la vida donde todo el tiempo la parte del beso
A lo sumo lo más leve de que seamos capaces, el resto
suelto en el pasar de horas mantas de luz por la tarde y al final 
flotando cerca de nuestro campamento 
el ciruelo refulgiendo una terraza de cielo 

y el viento entró en la música, la llenó de aire
nuestra blanda tarde juntas doloridas tan alegremente de infinito argot



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Proust, memoria involuntaria y magdalenas


"(...) En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el por qué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té (...)"
(Marcel Proust, En busca del tiempo perdido: Por el camino de Swann)
El fragmento precedente es uno de los más conocido de la obra de Marcel Proust, allí una magdalena, con su sabor y su aroma es el objeto que desencadena en el narrador una vorágine de recuerdos infantiles con la que comienza el libro. Una simple magdalena se ha convertido en el símbolo proustiano del poder evocador de los sentidos (memoria involuntaria), y de la capacidad de llevarnos al pasado que pueden tener un sabor o un aroma.

La teoría proustiana habla de que el espacio, el tiempo y la memoria sólo se ponen en funcionamiento a través de los sentidos más primarios. En este tipo de experiencias, el individuo aparece como un sujeto pasivo donde los recuerdos involuntarios que afloran son auténticos, procurándonos un instante pleno de felicidad. Estos recuerdos están siempre desprovistos de la subjetividad de nuestras percepciones cotidianas, por ello son más reales y satisfactorios.

Receta para preparar las magdalenas de Proust

Ingredientes

Para 1 kg. aproximadamente
  •     4 huevos
  •     250 gr. de azúcar
  •     250 gr. de mantec
  •     250 gr. de harina
  •     1/2 limón

Preparación

Derretir la manteca y dejar que se enfríe.

Separar las yemas de las claras. Batir las yemas con el azúcar hasta que la mezcla blanquee y esté espesa. Añadir la manteca, el zumo de medio limón y la harina tamizada (se puede hacer con un colador).

Precalentar el horno a 190 grados.

Batir las claras a punto de nieve e incorporarlas con cuidado a la masa con una espátula o cuchara de madera. El secreto es hacer movimientos semicirculares envolventes, que acaben en uno recto que divida la masa por la mitad.

Echar una cucharadita colmada en cada molde de papel (si estos son entre pequeños y medianos; si son más grandes, dos). Cocer en el horno durante 20-25 minutos, sacándolas cuando empiecen a dorarse los moldes.

Guardadas en un frasco de vidrio o en una lata se conservan varios días.
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julio 04, 2011

Ocho reglas para escribir ficción




1. Utiliza el tiempo de un completo desconocido de forma que él o ella no sienta que lo está malgastando.

2. Dale al lector al menos un personaje con el que él o ella se pueda identificar.

3. Todos los personajes deben querer algo, aunque sea un vaso de agua.

4. Cada frase debe hacer una de estas dos cosas: revelar un personaje o hacer que la acción avance.

5. Empieza tan cerca del final como te sea posible.

6. Se sádico. No importa cuán dulces e inocentes sean tus protagonistas, haz que les pasen cosas horribles (para que el lector compruebe de qué madera están hechos).

7. Escribe para contentar únicamente a una persona. Si abres la ventana para hacerle el amor al mundo, o lo mismo para hablarle, tu historia cogerá una neumonía.

8. Dale a tus lectores toda la información posible lo más rápido posible. Al diablo con el suspense. Los lectores deben tener una idea general de lo que está pasando, cómo y porqué, de modo que puedan acabar la historia ellos mismos; las cucarachas pueden comerse las últimas páginas.

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