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mayo 31, 2011

Un hombre bueno es difícil de encontrar



La abuela no quería ir a Florida. Quería visitar a algunos de sus conocidos en el este de Tennessee y no perdía oportunidad para intentar que Bailey cambiase de opinión. Bailey era el hijo con quien vivía, el único varón que tuvo. Estaba sentado en el borde de la silla, a la mesa, reclinado sobre la sección deportiva del Journal.
–Mira esto, Bailey –dijo ella–, mira esto, léelo.
Y se puso en pie, con una mano en la delgada cadera mientras con la otra golpeaba la cabeza calva de su hijo con el periódico.
–Aquí, ese tipo que s'hace llamar el Desequilibrado s'ha escapao de la Penitenciaría Federal y se encamina a Florida, lee aquí lo que hizo a esa gente. Léelo. Yo no llevaría a mis hijos a ninguna parte con un criminal d'esa calaña suelto por ahí. No podría acallar mi conciencia si lo hiciera.
Bailey no levantó la cabeza, así que la abuela dio media vuelta y se dirigió a la madre de los niños, una mujer joven en pantalones, cuya cara era tan ancha e inocente como un repollo, con un pañuelo verde atado con dos puntas en lo alto de la cabeza, como orejas de conejo. Estaba sentada en el sofá, alimentando al bebé con albaricoques que sacaba de un tarro.
–Los niños y'han estao en Florida –dijo la anciana señora–. Deberíais llevarlos a otro sitio pa variar, así verían otras partes del mundo y aprenderían otras cosas. Nunca han ido al este de Tennessee.
La madre de los niños no pareció oírla, pero el de ocho años, John Wesley, un niño robusto con gafas, dijo:
–Si no quieres ir a Florida, ¿por qué no te quedas en casa?
Él y su hermanita, June Star, estaban leyendo las páginas de entretenimiento en el suelo.
–No se quedaría en casa aunque la nombraran reina por un día –dijo June Star sin levantar su cabeza amarilla.
–¿Y qué haríais si este sujeto, el Desequilibrado, os cogiera? –preguntó la abuela.
–Le daría un puñetazo en la cara –respondió John Wesley.
–No se quedaría en casa ni por un millón de dólares –afirmó June Star–. Teme perderse algo. Tiene que ir a donde vayamos.
–Muy bien, señorita –dijo la abuela–. Acuérdate d'eso la próxima vez que me pidas que te rice el pelo.
June Star dijo que sus rizos eran naturales.
A la mañana siguiente la abuela fue la primera en subir al coche, lista para partir. A un costado dispuso su gran bolsa de viaje negra que parecía la cabeza de un hipopótamo y debajo de ella escondía una cesta con Pitty Sing, el gato, en el interior. No tenía la menor intención de dejar solo al gato durante tres días, porque este la echaría mucho de menos y ella temía que se frotara con la llave del gas y se asfixiara por accidente. A su hijo, Bailey, no le gustaba llevar un gato a un motel.
Se sentó en el centro del asiento trasero, con John Wesley y June Star a cada lado. Bailey, la madre de los niños, y el bebé se sentaron delante. Y así salieron de Atlanta, a las ocho y cuarenta y cinco, con el cuentakilómetros del coche en 89.927. La abuela lo anotó, porque pensó que sería interesante decir cuántos kilómetros habían hecho cuando regresaran. Tardaron veinte minutos en llegar a las afueras de la ciudad.
La anciana se sentó cómodamente, se quitó los guantes de algodón y los dejó con su bolso en la repisa de la ventanilla de atrás. La madre de los niños aún llevaba los pantalones y la cabeza atada con el pañuelo verde; la abuela, en cambio, llevaba un sombrero de paja azul marino con un ramillete de violetas blancas en el ala y un vestido azul marino con pequeños lunares blancos. El cuello y los puños eran de organdí blanco adornado con encaje, y en el cuello se había prendido un ramillete de violetas de tela de color púrpura perfumado. En caso de accidente, cualquiera que la viera muerta en la carretera sabría al instante que era una dama.
Dijo que pensaba que sería un buen día para conducir, pues no hacía demasiado calor ni demasiado frío, y advirtió a Bailey que el límite de velocidad era de ochenta kilómetros por hora, que los coches patrulla se escondían detrás de carteles publicitarios y de pequeños grupos de árboles y que podían salir disparados en su persecución sin darle tiempo a aminorar la marcha. Señaló los detalles interesantes del paisaje: la montaña Stone, el granito azul que en algunos lugares asomaba a ambos lados de la carretera, las lomas de brillante arcilla roja ligeramente rayadas de púrpura, y las mieses que trazaban líneas de encaje verde sobre el terreno. Los árboles estaban llenos de la luz blanca y plateada del sol y hasta los más míseros destellaban. Los chicos leían tebeos y su madre se había dormido.
–Pasemos Georgia a toda velocidad, así no tendremos que verla mucho –dijo John Wesley.
–Si yo fuera un niño –dijo la abuela–, no hablaría d'esa manera de mi estado natal. Tennessee tiene montañas y Georgia, colinas.
–Tennessee n'es más que un muladar lleno de paletos y Georgia es también un estado asqueroso.
–Tú l'has dicho –dijo June Star.
–En mis tiempos –dijo la abuela entrecruzando los dedos, delgados y venosos–, los niños tenían más respeto por su estado natal y por sus padres y por to lo demás. La gente era buena entonces. ¡Oh, mirar qué negrito más mono! –Y señaló a un niño negro plantado ante la puerta de una choza–. Qué estampa más bonita, ¿verdá?
Todos se volvieron para mirar al negrito por la luna trasera.
El saludó con la mano.
–Ese chico no llevaba pantalones –observó June Star.
–Probablemente no tiene –explicó la abuela–. Los negritos del campo no tienen las cosas que nosotros tenemos. Si supiera pintar, pintaría ese cuadro.
Los niños intercambiaron sus revistas.
La abuela se ofreció a coger al bebé y la madre de los chicos se lo pasó por encima del asiento delantero. La abuela lo sentó sobre sus rodillas y le hizo el caballito y le explicó lo que se veía por la ventanilla. Puso los ojos en blanco, frunció los labios y apretó su cara delgada y curtida contra la piel blanda y suave. De vez en cuando, el bebé le dedicaba una sonrisa distraída. Pasaron junto a un vasto campo de algodón con cinco o seis tumbas en medio, rodeadas de un cerco, como una isla pequeñita.
–¡Mirar el camposanto! –dijo la abuela señalándolo–. Era el antiguo camposanto de la familia. Pertenecía a la plantación.
–¿Dónde está la plantación? –preguntó John Wesley.
–El viento se la llevó –dijo la abuela–. Ja, ja.
Cuando los chicos terminaron de leer todos las revistas que habían llevado, abrieron la caja del almuerzo y se lo comieron. La abuela comió un bocadillo de mantequilla de cacahuete y una aceituna, y no permitió que los chicos arrojasen la caja y las servilletas de papel por la ventanilla. Cuando no tuvieron otra cosa que hacer, se pusieron a jugar; elegían una nube y los otros tenían que adivinar qué forma sugería. John Wesley eligió una con forma de vaca y June Star adivinó la vaca y John Wesley dijo: “No, un coche”, y June Star dijo que hacía trampas y comenzaron a pegarse por encima de la abuela.
La abuela dijo que les contaría un cuento si se estaban calladitos. Cuando contaba un cuento, ponía los ojos en blanco, movía la cabeza y era muy histriónica. Contó que una vez, cuando era jovencita, la había cortejado un tal señor Edgar Atkins Teagarden, de Jasper, Georgia. Dijo que era un hombre muy apuesto y un caballero, y que todos los sábados por la tarde le llevaba una sandía con sus iniciales grabadas, E. A. T. Pues bien, un sábado por la tarde, el señor Teagarden llevó la sandía y no había nadie en la casa; la dejó en el porche de entrada y volvió a Jasper en su calesa, pero ella nunca vio la sandía, explicó, porque un chico negro se la comió cuando vio las iniciales, E. A. T.: come. A John Wesley le hizo mucha gracia la historia y reía y reía, pero June Star opinó que no tenía nada de gracioso. Dijo que nunca se casaría con un hombre que sólo le trajera una sandía los sábados. La abuela dijo que habría hecho muy bien en casarse con el señor Teagarden, porque era un caballero y había comprado acciones de Coca-Cola cuando salieron al mercado y había muerto, hacía unos pocos años, muy rico.
Se detuvieron en The Tower para tomar unos bocadillos calientes. The Tower era una gasolinera y sala de baile, en parte de estuco y en parte de madera, en un claro en las afueras de Timothy. Lo regentaba un hombre gordo llamado Red Sammy Butts, y había letreros aquí y allá sobre el edificio y a lo largo de varios kilómetros de la carretera que rezaban: PRUEBA LA FAMOSA BARBACOA DE RED SAMMY. ¡NADA IGUALA AL FAMOSO RED SAMMY! EL GORDO DE LA SONRISA FELIZ. ¡UN VETERANO! ¡RED SAMMY ES EL HOMBRE QUE NECESITAS!
Red Sammy estaba tendido en el suelo fuera de The Tower con la cabeza bajo una camioneta, mientras un mono gris de unos treinta centímetros de altura, encadenado a un árbol del paraíso pequeño, chillaba cerca. El mono saltó hacia el arbolito y se encaramó a la rama más alta apenas vio a los chicos apearse del coche y correr hacia él.
El interior de The Tower era una larga habitación oscura con una barra en un extremo y mesas en el otro y una pista de baile en medio. Todos se sentaron a una mesa cerca de la máquina de discos y la esposa de Red Sam, una mujer alta y bronceada con ojos y cabellos más claros que la piel, llegó y tomó nota de lo que querían. La madre de los chicos insertó una moneda en la máquina y se pudo escuchar el “Vals de Tennessee”, y la abuela dijo que esa melodía siempre le daba ganas de bailar. Preguntó a Bailey si quería bailar, pero él tan sólo la miró. No era de natural alegre como ella y los viajes lo ponían nervioso. Los ojos marrones de la abuela resplandecían. Movió la cabeza de un lado a otro e hizo como si bailara en la silla. June Star dijo que pusieran algo para que ella pudiera bailar claque. Entonces la madre de los niños metió otra moneda y eligió una pieza más movida; June Star saltó a la pista de baile y bailó el claque de costumbre.
–¡Qué graciosa! –exclamó la mujer de Red Sam, inclinada sobre la barra–. ¿Te gustaría quedarte aquí y ser mi pequeñita?
–Claro que no –contestó June Star–. No viviría en un lugar medio en ruinas como este ni por un millón de dólares.
Y salió corriendo hacia la mesa.
–¡Qué graciosa! –repitió la mujer, estirando la boca con amabilidad.
–¿No te da vergüenza? –susurró la abuela.
Red Sam entró y le dijo a su mujer que dejara de holgazanear en la barra y que se apresurara a servir a esa gente. Los pantalones caquis le llegaban hasta las caderas y la barriga le caía sobre ellos como un saco de comida bamboleante bajo la camisa. Se acercó y se sentó a una mesa cercana; emitió una mezcla de suspiro y gritito en falsete.
–No hay manera. No hay manera –dijo, y se secó la cara sudorosa y roja con un pañuelo gris–. En estos tiempos que corren, no se sabe en quién confiar. ¿No es verdá?
–Desde luego, la gente ya no es como antes –sentenció la abuela.
–La semana pasada vinieron aquí dos tipos –explicó Red Sammy– que conducían un Chrysler. Un coche muy baqueteado pero bueno, y los muchachos me parecieron decentes. Dijeron que trabajaban en el molino y ¿sabéis que les permití poner en la cuenta la gasolina que compraron? ¿Por qué hice yo semejante cosa?
–¡Porque usté es un hombre bueno! –contestó de inmediato la abuela.
–Bueno, supongo que es así –dijo Red Sammy como si su respuesta lo hubiera dejado atónito.
La mujer sirvió lo que habían pedido. Llevaba los cinco platos al mismo tiempo sin usar bandeja, dos en cada mano y uno en equilibrio sobre el brazo.
–No hay una sola alma en este mundo de Dios en la que se pueda confiar –dijo–. Y yo no excluyo a nadie de la lista, a nadie –afirmó mirando a Red Sammy.
–¿Han leído algo sobre ese criminal, el Desequilibrado, que se escapó? –preguntó la abuela.
–No me sorprendería na que llegase a atacar este lugar –dijo la mujer–. Si oye lo qu'hay aquí, no me sorprendería verlo. Si se entera de que hay dos centavos en la caja, no me sorprendería que...
–Basta –dijo Red Sam–. Trae las Coca-Colas a esta gente.
Y la mujer se retiró a buscar el resto del pedido.
–Un hombre bueno es difícil d'encontrar –dijo Red Sammy–. Las cosas s'están poniendo cada vez más feas. Yo m'acuerdo de qu'antes podías salir sin echar el cerrojo a la puerta. Eso s'acabó.
Él y la abuela hablaron de tiempos mejores. La anciana dijo que en su opinión Europa tenía la culpa de la situación actual. Dijo que por la manera en que actuaba Europa se podía llegar a pensar que estábamos hechos de dinero, y Red Sammy dijo que no valía la pena hablar de eso y que tenía toda la razón. Los chicos salieron corriendo a la luz blanca del sol y observaron al mono encadenado al árbol. Estaba entretenido quitándose pulgas y las mordía una a una como si se tratase de un bocado exquisito.
De nuevo partieron en la tarde calurosa. La abuela dormitaba y se despertaba a cada rato con sus propios ronquidos. En las afueras de Toombsboro se despertó y se acordó de una vieja plantación que había visitado en los alrededores una vez, cuando era joven. Dijo que la mansión tenía seis columnas blancas en el frente y que había una avenida de robles que conducía hasta la casa y dos pequeñas glorietas con enrejado de madera donde te sentabas con tu pretendiente después de pasear por el jardín. Recordaba con exactitud por qué carretera había que doblar para llegar allí. Sabía que Bailey no estaría dispuesto a perder el tiempo viendo una casa vieja, pero cuanto más hablaba de ella más ganas tenía de volver a verla y comprobar si las dos pequeñas glorietas seguían en pie.
–Había un panel secreto en la casa –afirmó astutamente, sin decir la verdad pero deseando que lo fuera–, y se contaba que toda la plata de la familia estaba escondida allí cuando llegó Sherman, pero nunca la encontraron...
–¡Eeeh! –dijo John Wesley–. ¡Vamos a verlo! ¡L'encontraremos nosotros! ¡Lo registraremos to y l'encontraremos! ¿Quién vive allí? ¿Dónde hay que girar? Eh, papá, ¿no podemos girar allí?
–¡Nunca hemos visto una casa con un panel secreto! –chilló June Star–. ¡Vayamos a la casa con el panel secreto! Eh, papá, ¿no podemos ir a ver la casa con el panel secreto?
–No está lejos d'aquí, lo sé –aseguró la abuela–. No tardaríamos más de veinte minutos.
Bailey miraba al frente. Tenía la mandíbula tan rígida como la herradura de un caballo.   
–No –dijo.
Los chicos comenzaron a alborotar y a gritar que querían ver la casa con el panel secreto. John Wesley la emprendió a patadas contra el respaldo del asiento delantero, y June Star se colgó del hombro de su madre y le gimoteó desesperada al oído que nunca se divertían, ni siquiera en vacaciones, que nunca les dejaban hacer lo que querían. El bebé empezó a llorar y John Wesley pateó el respaldo del asiento, con tal fuerza que su padre notó los golpes en los riñones.
–¡Muy bien! –gritó, y aminoró la marcha hasta parar a un costado de la carretera–. ¿Queréis cerrar la boca? ¿Queréis cerrar la boca un minuto? Si no's calláis, no iremos a ningún lado.
–Sería muy educativo pa ellos –murmuró la abuela.
–Muy bien –dijo Bailey–, pero meteros esto en la cabeza: es la única vez que vamos a parar por algo así. La primera y la última.
–El camino de tierra donde debes doblar queda dos kilómetros atrás –observó la abuela–. Lo vi cuando lo pasamos.
–Un camino de tierra –gruñó Bailey.
Después de dar la vuelta en dirección al camino de tierra, la abuela recordó otros detalles de la casa, el hermoso vidrio sobre la puerta de entrada y la lámpara de velas en el recibidor. John Wesley dijo que el panel secreto probablemente estaría en la chimenea.
–No podéis entrar en esa casa –dijo Bailey–. No sabéis quién vive allí.
–Mientras vosotros habláis con la gente delante de la casa, yo correré hacia la parte d'atrás y entraré por una ventana –propuso John Wesley.
–Nos quedaremos todos en el coche –dijo la madre.
Doblaron por el camino de tierra y el coche avanzó a trompicones en un remolino de polvo colorado. La abuela recordó los tiempos en que no había carreteras pavimentadas y hacer cincuenta kilómetros representaba un día de viaje. El camino de tierra era abrupto y súbitamente se encontraban con charcos y curvas cerradas en terraplenes peligrosos. Tan pronto se hallaban en lo alto de una colina, desde donde se dominaban las copas azules de los árboles que se extendían a lo largo de kilómetros, como en una depresión rojiza dominada por los árboles cubiertos de una capa de polvillo.
–Mejor será que aparezca ese lugar antes de un minuto –dijo Bailey–, o daré la vuelta.
Daba la impresión de que nadie había pasado por aquel camino desde hacía meses.
–No falta mucho –comentó la abuela, y apenas lo hubo dicho cuando tuvo un pensamiento horrible. Le produjo tal vergüenza que la cara se le puso colorada y se le dilataron las pupilas y sus pies dieron un salto, de modo que movieron la bolsa de viaje en el rincón. En el momento en que se movió la bolsa, el periódico que había colocado sobre la cesta se levantó con un maullido y Pitty Sing, el gato, saltó sobre el hombro de Bailey.
Los chicos cayeron al suelo y su madre, con el bebé en brazos, salió disparada por la portezuela y se desplomó en la tierra; la vieja dama se vio arrojada hacia el asiento delantero. El automóvil dio una vuelta y aterrizó sobre el costado derecho, en una zanja al lado del camino. Bailey se quedó en el asiento del conductor con el gato –de rayas grises, cara blanca y hocico naranja– todavía agarrado al cuello como una oruga.
Tan pronto como los chicos se dieron cuenta de que podían mover los brazos y las piernas, salieron arrastrándose del coche y gritaron: “¡Hemos tenío un accidente!”. La abuela estaba hecha un ovillo bajo el salpicadero y esperaba estar tan malherida que la furia de Bailey no cayera sobre ella. El pensamiento terrible que había tenido antes del accidente era que la casa que recordaba tan vívidamente, no estaba en Georgia, sino en Tennessee.
Bailey se quitó el gato del cuello con ambas manos y lo arrojó por la ventanilla contra el tronco de un pino. Luego salió del coche y empezó a buscar a la madre de los chicos. Estaba sentada en la cuneta, con el crío, que no paraba de llorar, en brazos, pero solo había sufrido un corte en la cara y tenía un hombro roto. “¡Hemos tenío un accidente!”, gritaban los chicos en un delirio de felicidad.
–Pero nadie se ha muerto –señaló June Star con cierta desilusión, mientras la abuela salía renqueando del coche, con el sombrero todavía prendido a la cabeza pero el encaje delantero roto y levantado en un airoso ángulo y el ramito de violetas caído a un costado.
Se sentaron todos en la cuneta, excepto los chicos, para recobrarse de la conmoción. Estaban todos temblando.
–Tal vez pase algún coche –dijo la madre de los niños con voz ronca.
–Creo que m'hecho daño en algún órgano –comentó la abuela apretándose el costado, pero nadie le prestó atención.
A Bailey le castañeteaban los dientes. Llevaba una camisa amarilla de sport, con un estampado de loros en un azul vivo y tenía la cara tan amarilla como la camisa. La abuela decidió no comentar que la casa en cuestión estaba en Tennessee.
La carretera quedaba unos tres metros más arriba y solo podían ver las copas de los árboles al otro lado. Detrás de la cuneta donde estaban sentados había más árboles, altos, oscuros y graves. A los pocos minutos divisaron un coche a cierta distancia, en lo alto de una colina; avanzaba lentamente como si sus ocupantes los estuvieran observando. La abuela se puso en pie y agitó los brazos dramáticamente para atraer su atención. El automóvil continuó avanzando con lentitud, desapareció en un recodo y volvió a aparecer, rodando aún más despacio, sobre la colina por la que ellos habían pasado. Era un vehículo grande y baqueteado, parecido a un coche fúnebre. Había tres hombres dentro.
Se detuvo justo a su lado y durante unos minutos el conductor miró fija e inexpresivamente hacia donde estaban sentados, sin decir palabra. Luego volvió la cabeza, susurró algo a los otros dos y se apearon. Uno era un muchacho gordo con pantalones negros y una sudadera roja con un semental plateado estampado delante. Caminó, se colocó a la derecha del grupo y se quedó mirándolos con la boca entreabierta en una floja sonrisa burlona. El otro llevaba pantalones color caqui, una chaqueta de rayas azules y un sombrero gris echado hacia delante que le tapaba casi toda la cara. Se acercó despacio por la izquierda. Ninguno de los dos habló.
El conductor salió del coche y se quedó junto a él mirándolos. Era mayor que los otros. Su pelo empezaba a encanecer y llevaba unas gafas con montura plateada que le daban aspecto académico. Tenía el rostro largo y arrugado, y no llevaba camisa ni camiseta. Vestía unos téjanos que le quedaban demasiado ajustados y llevaba en la mano un sombrero y una pistola. Los dos muchachos llevaban pistolas.
–¡Hemos tenío un accidente! –gritaron los niños.
La abuela tuvo la extraña sensación de que conocía al hombre de las gafas. Le sonaba tanto su cara que era como si le hubiera conocido de toda la vida, pero no lograba recordar quién era. Él se alejó del coche y empezó a bajar por el terraplén dando los pasos con sumo cuidado para no resbalar. Calzaba zapatos blancos y marrones y no llevaba calcetines; sus tobillos eran flacos y rojos.
–Buenas tardes –dijo–. Veo que han tenío un accidente de na.
–¡Hemos dao dos vueltas de campana! –dijo la abuela.
–Una –corrigió él–. Lo hemos visto. Hiram, prueba el coche a ver si funciona –indicó en voz baja al muchacho del sombrero gris.
–¿Pa qué lleva esa pistola? –preguntó John Wesley–. ¿Qué va hacer con ella?
–Señora –dijo el hombre a la madre de los chicos–, ¿le importaría decirles a esos chavales que se sienten a su lao? Los críos me ponen nervioso. Quiero que se queden sentados juntos.
–¿Quién es usté pa decirnos lo que debemos hacer? –preguntó June Star.
Detrás de ellos, la línea de los árboles se abrió como una oscura boca.
–Venir aquí –dijo la madre.
–Verá usted –dijo Bailey de pronto–, estamos en un apuro. Estamos en...
La abuela soltó un chillido. Se levantó trabajosamente y lo miró de hito en hito.
–¡Usté es el Desequilibrado! ¡Lo he reconocío na más verlo!
–Sí, señora –dijo el hombre, que sonrió levemente como si estuviera satisfecho a pesar de que lo hubieran reconocido–, pero habría sido mejor pa todos ustedes, señora, que no me hubiese reconocío.
Bailey volvió la cabeza bruscamente y dijo a su madre algo que dejó atónitos hasta a los niños. La anciana se echó a llorar y el Desequilibrado se ruborizó.
–Señora –dijo–, no se disguste. A veces un hombre dice cosas que no piensa. No creo qu'haya querido hablarle d'esa manera.
–Tú no dispararías a una dama, ¿verdá? –dijo la abuela, que se sacó un pañuelo limpio del puño y empezó a secarse los ojos.
El Desequilibrado clavó la punta del zapato en el suelo, hizo un pequeño hoyo y luego lo tapó de nuevo.
–No me gustaría na tener qu'hacerlo.
–Escucha –dijo la abuela casi a gritos–, sé qu'eres un buen hombre. No pareces tener la misma sangre que los demás. ¡Sé que debes de venir d'una buena familia!
–Sí, señora –afirmó él–, la mejor del mundo. –Cuando sonreía mostraba una hilera de fuertes dientes blancos–. Dios nunca creó a una mujer mejor que mi madre, y papá tenía un corazón d'oro puro.
El muchacho de la sudadera roja se había colocado detrás de ellos con la pistola en la cadera. El Desequilibrado se acuclilló.
–Vigila a los niños, Bobby Lee –dijo–. Sabes que me ponen nervioso.
Miró a los seis apiñados ante él y dio la impresión de estar incómodo, como si no se le ocurriera qué decir.
–No hay ni una nube en el cielo –comentó alzando la vista–. No se ve el sol, pero tampoco hay nubes.
–Sí, es un día hermoso –dijo la abuela–. Escucha, no te tendrías que apodar el Desequilibrado, porque yo sé que en el fondo eres un hombre bueno. Con solo mirarte ya me doy cuenta.
–¡Calla! –gritó Bailey–. ¡Calla! ¡Callaros todos y dejarme a mí arreglar esto! –Estaba en cuclillas como un atleta a punto de iniciar la carrera, pero no se movió.
–Muchas gracias, señora –dijo el Desequilibrado, y dibujó un circulito con la culata de la pistola.
–Tardaremos una media hora en arreglar el coche –avisó Hiram mirando por encima del capó abierto.
–Bueno, primero tú y Bobby Lee os lleváis a él y al niño allá –dijo el Desequilibrado señalando a Bailey y a John Wesley–. Los muchachos quieren preguntarle algo –explicó a Bailey–. ¿Le importaría acompañarlos hasta el bosque?
–Escuche –comenzó Bailey–, ¡estamos en un gran aprieto! Nadie se da cuenta de lo qu'es esto. –Y se le quebró la voz. Tenía los ojos tan azules y brillantes como los loros de su camisa, y se quedó absolutamente inmóvil.
La abuela levantó la mano para ponerse bien el ala del sombrero como si fuera al bosque con él, pero se le desprendió entre los dedos. Se quedó mirándola y después de un segundo la dejó caer al suelo.
Hiram levantó a Bailey cogiéndolo del brazo como si estuviera ayudando a un anciano. John Wesley agarró la mano de su padre y Bobby Lee se colocó detrás de ellos. Se encaminaron hacia el bosque y, cuando llegaron al borde oscuro, Bailey se dio la vuelta y, apoyándose contra el tronco gris y pelado de un pino, gritó:
–¡Estaré de vuelta en un minuto, espérame, mamá!
–¡Vuelve ahora mismo! –exclamó la abuela, pero todos desaparecieron en el bosque–. ¡Bailey, hijo! –gritó con voz trágica, pero se encontró con que estaba mirando al Desequilibrado, que estaba acuclillado delante de ella–. Sé muy bien qu'eres un hombre bueno –le dijo con desesperación–. ¡ No eres una persona corriente!
–No, no soy un hombre bueno –repuso el Desequilibrado un instante después, como si hubiera considerado su afirmación con sumo cuidado–, pero tampoco soy lo peor del mundo. Mi viejo decía que yo era un perro de raza diferente de la de mis hermanos y hermanas. “Mira –decía mi viejo–, hay algunos que pueden vivir toa su vida sin preguntarse por qué y otros que tienen que saber el porqué, y este muchacho es d'estos últimos. ¡Va estar en to!”
Se puso el sombrero y súbitamente alzó la mirada y la dirigió hacia el bosque como si de nuevo se sintiera incómodo.
–Perdonen qu'esté sin camisa delante de ustedes, señoras –añadió encorvando un poco los hombros–. Enterramos la ropa que teníamos cuando escapamos y nos apañamos con lo que tenemos hasta que consigamos algo mejor. Esta ropa nos la prestaron unos tipos que encontramos.
–No pasa na –observó la abuela–. Tal vez Bailey tenga otra camisa en su maleta.
–Luego la buscaré –dijo el Desequilibrado.
–¿Adónde se lo están llevando? –gritó la madre de los niños.
–Papá era un gran tipo –dijo el Desequilibrado–. No había quien l'engañara. Pero nunca tuvo problemas con las autoridades. Tenía l'habilidá de saber tratarlos.
–Tú podrías ser honrado si te lo propusieras –afirmó la abuela–. Piensa en lo bonito que sería establecerse en algún sitio y vivir cómodamente sin que nadie t'estuviera persiguiendo to el tiempo.
El Desequilibrado escarbaba en el suelo con la culata de la pistola como si estuviera reflexionando sobre estas palabras.
–Sí, siempre hay alguien persiguiéndote –murmuró.
La abuela reparó en cuan delgados eran sus omóplatos detrás del sombrero, porque estaba de pie y lo miraba desde arriba.
–¿Rezas alguna vez? –preguntó.
Él negó con la cabeza. Ella solo vio cómo el sombrero negro se movía entre sus omóplatos.
–No.
Sonó un disparo de pistola en el bosque, seguido de inmediato por otro. Luego, silencio. La cabeza de la anciana dio una sacudida. Oyó cómo el viento se movía entre las copas de los árboles como una larga inspiración satisfecha.
–¡Bailey, hijo! –gritó.
–Durante un tiempo fui cantante de gospel –explicó el Desequilibrado–. He sido casi to. Serví en el Ejército de Tierra y en la Marina, aquí y en el extranjero. Me casé dos veces, trabajé de sepulturero, trabajé en los ferrocarriles, aré la madre tierra, presencié un tornado, una vez vi quemar vivo un hombre. –Y miró a la madre de los chicos y a la niña, que estaban sentadas muy juntas, con la cara blanca y los ojos vidriosos–. Hasta he visto azotar a una mujer.
–Reza, reza –empezó a repetir la abuela–, reza, reza...
–No era un chico malo por lo que recuerdo –prosiguió el Desequlibrado con voz casi soñadora–, pero en algún momento hice algo malo y m'enviaron a la penitenciaría. M'enterraron vivo.
Miró hacia arriba y mantuvo la atención de la abuela con una mirada fija.
–Fue entonces cuando deberías haber comenzado a rezar –dijo ella–. ¿Qu'hiciste pa que te enviaran a la penitenciaría la primera vez?
–Doblabas a la derecha y había una pared –explicó el Desequilibrado con la mirada alzada hacia el cielo sin nubes–. Doblabas a la izquierda y había una pared. Mirabas arriba y estaba el techo, mirabas abajo y estaba el suelo. Olvidé lo qu'había hecho, señora. Me quedaba sentado allí tratando de recordar lo qu'había hecho y, hasta el día de hoy, no lo recuerdo. De vez en cuando pensaba que lo recordaría, pero no fue así.
–Tal vez t'encerraron por error –apuntó la anciana.
–No –dijo él–. No hubo error. Había pruebas contra mí.
–Tal vez robaste algo.
El Desequilibrado soltó una risita burlona.
–Nadie tenía na que yo quisiese. Un jefe de médicos de la penitenciaría dijo que lo que yo había hecho fue matar a mi padre, pero sé que es mentira. Mi viejo murió en mil novecientos diecinueve de la epidemia de gripe y yo nunca tuve na que ver con eso. L'enterraron en el cementerio de la iglesia baptista de Mount Hopewell y usté puede ir y verlo por sí misma.
–Si rezaras –dijo la anciana–, Cristo te ayudaría.
–Así es.
–Entonces, ¿por qué no rezas? –preguntó ella, temblando de súbita alegría.
–No quiero ninguna ayuda. Solo, las cosas me van bien.
Bobby Lee y Hiram regresaron del bosque con paso lento. Bobby Lee arrastraba una camisa amarilla con loros azules estampados.
–Tírame esa camisa, Bobby Lee –dijo el Desequilibrado.
La camisa llegó volando, aterrizó en su hombro y se la puso. La abuela no podía pensar en lo que le hacía recordar esa camisa.
–No, señora –prosiguió el Desequilibrado mientras se abrochaba los botones–, comprendí que el delito da igual. Puedes hacer una cosa o hacer otra, matar a un hombre o quitarle una rueda del coche, porque tarde o temprano t'olvidas de lo qu'has hecho y simplemente te castigan por ello.
La madre de los chicos comenzó a emitir sonidos entrecortados, como si no pudiese respirar.
–Señora –dijo él–, ¿podrían usted y la pequeña acompañar a Hiram y a Bobby Lee hasta donde está su esposo?
–Sí, gracias –dijo la madre débilmente. Su brazo izquierdo colgaba inútil, y llevaba al bebé, que se había quedado dormido, en el otro.
–Ayuda a la señora, Hiram –dijo el Desequilibrado, cuando ella trataba penosamente de subir por la zanja–. Y tú, Bobby Lee, coge a la pequeña de la mano.
–No quiero que me dé la mano –replicó June Star–. Parece un cerdo.
El muchacho gordo se ruborizó y se rió, la cogió de la mano y tiró de ella hacia el bosque detrás de Hiram y la madre.
Sola con el Desequilibrado, la abuela se dio cuenta de que había perdido la voz. No había una sola nube en el cielo, y tampoco sol. No había nada a su alrededor excepto el bosque. Quiso decirle que debía orar. Abrió y cerró la boca varias veces antes de que saliera algo. Finalmente se encontró a sí misma diciendo: “Jesús, Jesús”. Quería decir “Jesús t'ayudará”, pero de la manera en que lo decía era como si estuviera maldiciendo.
–Sí, señora –dijo el Desequilibrado como si le estuviera dando la razón–. Jesús rompió el equilibrio de todo. Le ocurrió lo mismo que mí, salvo que Él no había cometido ningún crimen y en mi caso pudieron probar que yo había cometido uno porque tenían los documentos contra mí. Por supuesto, nunca me mostraron los papeles. Por eso ahora pongo la firma. Dije hace mucho tiempo: te consigues una firma y firmas to lo qu'haces y te quedas con una copia. Entonces sabrás lo qu'has hecho y podrás contraponer el delito con el castigo y ver si se corresponden y al final tendrás algo pa probar que no t'han tratao como debían. Me hago llamar el Desequilibrado porque no puedo hacer que las cosas malas que he hecho se correspondan con lo que he soportao durante’l castigo.
Se oyó un grito desgarrador en el bosque, seguido de inmediato por un disparo.
–¿Le parece bien a usté, señora, que a uno le castiguen mucho y a otro no le castiguen na?
–¡Jesús! –gritó la anciana–. ¡Tienes buena sangre! ¡Yo sé que no dispararías a una dama! ¡Sé que vienes d'una familia buena! ¡Reza! Por Dios, no deberías disparar a una dama. ¡Te daré to el dinero que tengo!
–Señora –repuso el Desequilibrado mirando hacia el bosque–, nunca ha habido un cadáver que diera una propina al sepulturero.
Se oyeron otros dos disparos y la abuela levantó la cabeza como un viejo pavo sediento pidiendo agua y gritó: “¡Bailey, hijo, Bailey, hijo!”, como si fuera a partírsele el corazón.
–Jesús es el único qu'ha resucitao a los muertos –continuó el Desequilibrado–, y no tendría qu'haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces solo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces solo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad –dijo, y su voz casi se había transformado en un gruñido.
–Tal vez no resucitó a los muertos –murmuró la anciana, sin saber lo que estaba diciendo y sintiéndose tan mareada que se dejó caer en la zanja sobre las piernas cruzadas.
–Yo no estaba allí, así que no puedo decir que no lo hizo –repuso el Desequilibrado–. Ojalá hubiera estado allí –añadió golpeando el suelo con el puño–. No está bien que no estuviera allí, porque d'haber estao allí yo sabría. Escuche, señora –añadió alzando la voz–, d'haber estao allí, yo sabría y no sería como soy ahora.
Su voz parecía a punto de quebrarse y la cabeza de la abuela se aclaró por un instante. Vio la cara del hombre contraída cerca de la suya como si estuviera a punto de llorar, y entonces murmuró:
–¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!
Tendió la mano y lo tocó en el hombro. El Desequilibrado saltó hacia atrás como si le hubiera mordido una serpiente y le disparó tres veces en el pecho. Luego dejó la pistola en el suelo, se quitó las gafas y se puso a limpiarlas.
Hiram y Bobby Lee regresaron del bosque y se detuvieron junto a la cuneta para observar a la abuela, que estaba medio sentada, y medio tendida en un charco de sangre, con las piernas cruzadas como las de un niño, y su rostro sonreía al cielo sin nubes.
Sin las gafas, los ojos del Desequilibrado estaban bordeados de rojo y tenían una mirada pálida e indefensa.
–Llevárosla y dejarla donde habéis dejao a los otros –dijo, y cogió al gato, que se estaba refregando contra su pierna.
–Era una charlatana –dijo Bobby Lee, y descendió a la zanja canturreando.
–Habría sido una buena mujer –dijo el Desequilibrado– si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.
–¡Menuda diversión! –dijo Bobby Lee.
–Cállate, Bobby Lee –dijo el Desequilibrado–. No hay verdadero placer en la vida.
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mayo 30, 2011

Hopscotch


(...)La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo (...)
Julio Cortázar en Rayuela capítulo 36.
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mayo 25, 2011

Soliloquio de la solipsista



¿Yo?
Camino a solas;
la calle a medianoche
se prolonga bajo mis pies:
cuando cierro los ojos
todas estas casas de ensueño se extinguen:
por un capricho mío
la cebolla celestial de la luna cuelga en lo alto
de los hastiales.

¿Yo?
Hago que las casas se encojan
y que los árboles mengüen
alejándose; la traílla de mi mirada
hace bailar a las personas marionetas
que, ignorando que se consumen,
se ríen, se besan, se emborrachan, sin sospechar
igualmente que, cada vez que yo parpadeo,
mueren.

Yo,
cuando estoy de buen humor,
doy a la hierba sus colores
verde blasón y azul celeste, otorgo al sol
su dorado;
pero, en mis días más invernales, ostento
el poder absoluto
de boicotear los colores y prohibir que las flores
existan.

Yo
sé que tú apareces
vívida a mi lado,
negando que brotaste de mi cabeza,
clamando que sientes un amor
lo bastante ardiente como para experimentar la carne real,
aunque salta a la vista,
querida, que toda tu belleza y todo tu ingenio son dones
que yo te concedí.

Sylvia Plath en Poesía completa.
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mayo 23, 2011

La espera




ESPERA: Tumulto de angustia suscitado por la espera del ser amado, sometidas a la posibilidad de pequeños retrasos (citas, llamadas telefónicas, cartas, atenciones recíprocas)

1.Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético: en Erwartung (Espera), una mujer espera a su amante, por la noche, en el bosque; yo no espero más que una llamada telefónica, pero es la misma angustia.Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones.

2. Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los efectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una pieza de teatro.
El decorado representa el interior de un café; tenemos una cita y espero. En el prólogo, único actor de la pieza (como debe ser), compruebo, registro el retraso del otro; esa demora no es todavía más que una entidad matemática, computable (miro mi reloj muchas veces); el prólogo concluye con una acción súbita: decido "preocuparme", desencadeno la angustia de la espera. Comienza entonces el primer acto; está ocupado por suposiciones: ¿ Y si hubiera un malentendido sobre la hora, sobre el lugar? Intento recordar el momento en que se concretó la cita, las precisiones que fueron dadas. ¿Qué hacer (angustia de conducta)?¿Cambiar de café?¿Hablar por teléfono?¿Y si el otro llega durante esas ausencias? Si no me ve lo más probable es que se vaya, etc. El segundo acto es el de la cólera; dirijo violentos reproches al ausente: Siempre igual, él (ella) habría podido perfectamente...", "El (ella)sabe muy bien que..." ¡Ah, si ella (él) pudiera estar allí! En el tercer acto, espero (¿obtengo?) la angustia absolutamente pura: la de abandono acabo de pasar en un instante de la ausencia a la muerte; el otro está como muerto: explosión de duelo: estoy interiormente lívido. Así es la pieza; puede ser acortada por la llegada del otro; si llega en el primero, la acogida es apacible; si llega en el tercero, es el reconocimiento, la acción de gracias: respiro largamente, como Pelléas saliendo del túnel y reencontrando la vida, el olor de las rosas.

(La angustia de la espera no es continuamente violenta; tiene sus momentos apagados; espero y todo el entorno de mi espera está aquejado de irrealidad: en el café, miro a los demás que entran, charlan, bromean, leen tranquilamente: ellos, no esperan.)

3. La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme. La espera de una llamada telefónica se teje así de interdicciones minúsculas, al infinito, hasta lo inconfesable: me privo de salir de la pieza, de ir al lavabo, de hablar por teléfono incluso (para no ocupar el aparato) sufro si me telefonean (por la misma razón); me enloquece pensar en la hora cercana será necesario que yo salga, arriesgándome así a perder el llamado bienhechor, el regreso de la Madre. Todas estas diversiones que me solicitan serían momentos perdidos para la espera, impurezas de la angustia. Puesta que la angustia de la espera, en su pureza, quiere que yo me quede en un sillón al alcance del teléfono, sin hacer nada.

4. El ser que espero no es real. Como el seno de la madre para el niño de pecho, "lo creé y lo recreé sin cesar a partir de mi capacidad de amor, a partir de la necesidad que tengo de él": el otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio.
Todavía el teléfono: a cada repiqueteo descuelgo rápido, creo que es el ser amado quien me llama (puesto que debe llamarme); un esfuerzo más y "reconozco" su voz, entablo el diálogo, a riesgo de volverme con ira contra el importuno que me despierta de mi delirio. En el café, toda persona que entra, si posee la menor semejanza de silueta, es de este modo, en un primer movimiento, reconocida.
Y mucho  tiempo después que la relación amorosa se ha apaciguado conservo el hábito de alucinar al ser que he amado: a veces me angustio todavía por un llamado telefónico que tarda y, ante cada importuno, creo reconocer la voz que amaba: yo soy un mutilado al que continúa doliéndole la pierna amputada.

5. "¿Estoy enamorado? - Sí, porque espero." El otro, él, no espera nunca. A veces, quiero jugar al que no espera; intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso; pero siempre pierdo a este juego: cualquier cosa que haga, me encuentro ocioso, exacto, es decir, adelantado. La identidad fatal del enamorado no es más que ésta: yo soy el que espera.

 (En la transferencia, se espera siempre —en lo del médico, el profesor, el analista. Más aún: si espero frente a la ventanilla de un banco, en la partida de un avión, establezco enseguida un vínculo agresivo con el empleado, con la azafata, cuya indiferencia descubre e irrita mi sujeción; de modo que se puede decir que, en dondequiera que haya espera, hay transferencia: dependo de una presencia que se divide y pone tiempo a su darse; como si se tratase de hacer caer mi deseo, de agotar mi necesidad. Hacer esperar: prerrogativa constante de todo poder, “pasatiempo milenario de la humanidad.”)


6.Un mandarín estaba enamorado de una cortesana. "Seré tuya, dijo ella, cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado sobre un banco en mi jardín, bajo mi ventana." Pero, en la nonagésimo novena noche, el mandarín se levanta, toma su banco bajo el brazo y se va.

Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso.
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mayo 14, 2011

Amada en el amado



A veces dos enamorados parecen uno solo; los perfiles forman una múltiple cara de frente, los cuerpos juntos con brazos y piernas suplementarios, una divinidad semejante a Siva: así eran ellos dos.

Se amaban con ternura, pasión, fidelidad. Trataban de estar siempre juntos y cuando tenían que separarse por cualquier motivo, durante ese tiempo tanto pensaban el uno en el otro que la separación era otra suerte de convivencia, más sutil, más sagaz, más ávida.

Lo primero que hacían al separarse era poner cada uno en su reloj pulsera la hora exacta.

—A medianoche quiero que repitas los versos de San Juan de la Cruz, que me gustan.
—¿Oh noche que juntaste amado con amada, / amada en el amado transformada?
—Los diremos a la misma hora.
—A las seis de la tarde, en el reloj, mis ojos te mirarán.
—En el lápiz de los labios estaré cuando te pintes, o en el vaso cuando bebas agua.
—A las ocho te asomarás a la ventana para contemplar la luna. No mirarás a nadie.
—Creyendo que es tuyo, para no gritar de pena, me morderé el brazo, no el antebrazo.
—¿Por qué?
—Porque el brazo es más sensible.
—¿En qué sitio?
—En el sitio en que la boca lo alcanza cuando el brazo está doblado con el codo hacia arriba, apoyado contra la cara, como guareciéndola del sol. Es tu postura predilecta, por eso la imito como si mi brazo fuera el tuyo.
—A las nueve menos cinco de la noche, cerrá los ojos. Te besaré hasta las nueve y cinco.
—¡Podrías más tiempo!
—¿Pero acaso no llegaríamos a morir prolongando indefinidamente ese momento?
—No pediría otra cosa.

Con estos y otros desatinos se despedían. Como es natural, cumplían religiosamente lo pactado. ¿Quién se atrevería a romper semejante rito?. El que no lo comprenda, nunca ha amado o ha sido amado, ni valdría la pena que ame o que sea amado, ya que el amor es hecho de infinita y sabia locura, de adivinación y de obediencia.

Todas las miserias grandes y pequeñas de la vida cotidiana, todo lo que es un motivo de fastidio para otras personas, para ellos era muy llevadero.

La casa en donde vivían no era muy cómoda; tenía poca luz porque sus cuartos daban a un patio interior. Ruidos intestinales de cañerías se hacían oír en todos los pisos. El baño estaba metido dentro de un armario, la ducha sobre la letrina, las ventanas no cerraban o abrían según el grado de humedad del tiempo, un camino de cucarachas distinguía la cocina de los otros cuartos, pero ellos encontraron en esas incomodidades cómicos motivos de regocijo. (Compartir cualquier cosa vuelve cualquier cosa mejor para los enamorados, cuando son felices.) La felicidad les prestaba simpatía, simpatía para el verdulero, para el carnicero, para el panadero, para el médico cuando había que consultarlo, para los participantes de una cola, por personal y larga que fuera.

De noche, cuando se acostaban, el cansancio que sentían, abrazados, era un premio. Él soñaba mucho; ella no soñaba nunca.

Él, al despertar a la hora del desayuno, le contaba sus sueños; eran sueños interminables y accidentados, llenos de alegría o de zozobras. Le gustaba contar los sueños, porque casi todos tenían (como las novelas policiales) suspenso: aprovechaba el momento en que iba a tomar un trago caliente de té o en que se metía un trozo grande de pan con manteca y miel en la boca, para interrumpir la parte sensacional del sueño y hacer esperar debidamente el desenlace.

—Quisiera ser vos —decía ella, con admiración.
—Yo también —decía él— ser vos, pero no que vos fueras yo.
—Es lo mismo —decía ella.
—Es muy distinto —respondía él—. Lo primero sería agradable, lo segundo angustioso.
—¡Por qué nunca puedo estar en tus sueños, si en la vigilia te acompaño!
ella exclamaba—. Oírtelos contar, no es lo mismo. Me faltan el aire, la luz que los rodea.
—No creas que son tan divertidos (tengo más talento de narrador que de soñador), son mejores cuando los cuento —dijo él.
—Los inventarás, entonces.
—No tengo tanta imaginación.
—De todos modos, quisiera entrar en tus sueños, quisiera entrar en tus experiencias. Si te enamoraras de una mujer, me enamoraría yo también de ella; me volvería lesbiana.
—Espero que nunca suceda —decía él. —Yo también, decía ella.

Durante un tiempo resolvieron dormir teniéndose de la mano, con la esperanza de que los sueños de él pasaran dentro de ella a través de las manos. Por incómodo que fuera, ya que para mantener una posición estratégica dar vuelta la almohada buscando la frescura se volvería imposible, resolvieron dormir con las cabezas juntas. Pensaban que ese contacto sería más eficaz que el de las manos, pero ella seguía sin sueños.

—Hay personas que no sueñan —decía él—. No hay nada que hacer.
—Sería capaz de tomar mezcalina, fumar opio. Cualquier cosa haría con tal de soñar.
—Es lo único que falta —decía él.

Una mañana de primavera, a la hora del desayuno, ella trajo como siempre la bandeja con las dos tazas servidas y las tostadas con manteca y miel. Colocó todo sobre la mesa de luz. Se sentó sobre la cama, lo despertó ahogando risas con besos, y dijo:

—Anoche soñaste con una vaquita de San José. Aquí está. —Mostró sobre su brazo el bichito rojo como una gota de sangre.

Él se incorporó en la cama y le dijo:

—Es cierto. Soñé que estábamos en un jardín donde en vez de flores había piedras, piedras de todos los colores.
—Un jardín japonés —musitó ella.
—Tal vez —respondió él—, porque en las piedras había letras grabadas que parecían japonesas o chinas. Por una calle de piedras más altas, pues todas las piedras eran de distinta forma y tamaño, venías caminando como si fuera dentro del agua. Te acercaste y me mostraste el brazo que creía que te habías lastimado con un alfiler, pero mirándolo bien, advertí que la gota de sangre que veía en tu brazo era en efecto una vaquita de San José.
—De algo me sirvió dormir con la frente pegada a la tuya —dijo ella, tratando vanamente de hacer pasar el bichito rojo de una mano a la otra—. En tu próximo sueño trataré de obtener algo mejor o más duradero —prosiguió, viendo que el bichito abría un ala rizada, suplementaria, que tenía escondida, y salía volando para desaparecer en el aire.

A la noche siguiente, ella se durmió antes que él. A las cinco de la mañana se despertaron al mismo tiempo.

—¿Qué soñaste? —ella preguntó, sobresaltada.
—Soñé que estábamos acostados en la arena, pero... vas a enojarte...
—Lo que sucede en un sueño no podría enojarme.
—A mí, sí.
—A mí, no —contestó ella—. Seguí contando.
—Estábamos acostados, y vos no eras vos. Eras vos y no eras vos.
—¿En qué lo advertías?
—En todo. En el modo de besar, en los ojos, en la voz, en el pelo. Tenías pelo de nylon como la muñeca de la motocicleta que te gustaba en el escaparate del subte, ese pelo amarillo lustroso. Un día me dijiste: "Me gustaría tener el pelo así".
—¿Y qué te hizo pensar que esa mujer tan distinta de mí, era yo?
—El amor que yo sentía.
—Llamas amor a cualquier cosa.
—Aquel pelo amarillo de nylon, tan parecido al de la muñeca de la motocicleta, tal vez fuera culpable. Cada hebra era como un hilo de oro que yo acariciaba.
—¿Así? —dijo ella, mostrándole una hebra de nylon amarillo que colgaba del cuello del camisón.

Él tomó en broma el diálogo. A decir verdad esa hebra de nylon amarilla podía haber estado anteriormente en la casa, por cualquier motivo. ¿Acaso las hijas de las amigas no iban de visita con sus muñecas, que tenían pelo de nylon?. Se usa tanta ropa de nylon, ¿acaso una hebra de una costura no podría caer?

La próxima noche él tuvo que salir y ella quedó sola. Él volvió muy tarde; ella dormía. Empezaba el invierno y le trajo un ramo de violetas. En el momento de acostarse él puso en uno de los ojales del camisón de ella, una violeta.

—¿Qué soñaste? —dijo ella, como siempre, al despertar.
—Soñé que viajaba en un trineo por un campo cubierto de nieve, donde merodeaban lobos hambrientos. Estaba vestido con pieles de lobo; lo advertí en el modo de mirarme que tenían los lobos. Un bosque de pinos se divisó en el horizonte. Me dirigí al bosque. Frente a ese bosque bajé del trineo y en la nieve encontré una violeta, la recogí y me alejé rápidamente.

En ese momento ella vio la violeta en el ojal de su camisón.

—Aquí está —dijo ella.
—Te la traje anoche con un ramito que te compré en la calle; elegí la violeta
más grande y la puse en el ojal de tu camisón.
—¿El sueño lo inventaste?.
—Si lo hubiera inventado sería más divertido.
—¿Cómo supiste que ibas a soñar con violetas?. Sos mentiroso. Querés imitarme, inventando experimentos mágicos. Eso no impide que tus verdaderos sueños obren milagros para mí —dijo ella—. La vaquita de San José, la hebra de nylon, no han sido un invento. Saldré pronto en los diarios, fotografiada como la mujer que saca objetos de los sueños ajenos.
—¿Mis sueños te son ajenos?
—Para los diarios, sí.

Fue durante una siesta de verano. Él soñó que andaba caminando con ella por una ciudad desconocida, con desfiles de soldados. En una puerta verde, debajo de un puente, Artemidoro el Daldiano, vestido de blanco, con sombrero y capa, lo llamó.

—¿Quién es Artemidoro? —preguntó ella.
—Un griego. Escribió la Crítica de los sueños.
—¿Cómo sabés que era él?
—Lo conozco. Estudiamos juntos —contestó él.

Artemidoro le tendió la mano como si lo apuntara con un revólver, pero lo que tenía en la mano era un filtro misterioso, aquel que bebieron Tristán e Isolda. "Cuando quieras llevar a tu amada como a tu corazón dentro de ti", le dijo, "no tienes más que beber este filtro".

Cuando él despertó a la hora del desayuno, ella le dijo:

—Aquí está el filtro —y le mostró una botellita diminuta.

No necesitaba que le contara el sueño. Él le arrebató el frasco de la mano, lo miró atónito, cerró los ojos y bebió. Cuando abrió los ojos quiso mirarla de nuevo. Ella no estaba. Él la llamó, la
buscó. Oyó una voz dentro de él, la voz de ella, que le contestaba:

—Soy vos, soy vos, soy vos. Al fin soy vos. —Es horrible —dijo él.
—A mí me gusta —dijo ella.
—Es un conyugicidio.
—Conyugicidio... ¿Y qué quiere decir? —ella interrogó.
—Muerte causada por uno de los cónyuges al otro –respondió.

Bruscamente despertaron.

Él volvió a soñar a lo largo de la vida y ella a sacar objetos de sus sueños. Pero la mayor parte de las veces no le sirvieron de nada pues son todos objetos de poca importancia; a veces ni siquiera los mira. Los atesora en su mesa de luz.

Rara vez, por suerte, le sirven para sufrir transformaciones, como sucedió con el filtro: el término sufrir está bien elegido pues en toda transformación hay sufrimiento. A veces tienen miedo de no volver a su estado anterior —al hogar, a la vida habitual— y volatilizarse. ¿Pero acaso la vida no es esencialmente peligrosa para los que se aman?

en la colección de cuentos fantásticos de 1970: Los días de la noche
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mayo 11, 2011

Sueños



Mi mujer tiene la costumbre de contarme todo lo que sueña. Cuando se despierta le llevo el café y el desayuno y me siento en una silla al lado de la cama mientras se espabila y se aparta los cabellos del rostro. Tiene la expresión de quien acaba de despertarse, pero en su mirada también se aprecia que viene de muy lejos.
—A ver —le digo.
—Qué raro —contesta ella—. He tenido un sueño entero y la mitad de otro. He soñado que era un chico y que iba a pescar con mi hermana y su amiga, pero estaba borracho. Figúrate. ¿No es el colmo? Tenía que llevarlas en el coche, pero no había forma de encontrar las llaves. Luego, cuando las he encontrado, el coche no arrancaba. De buenas a primeras estábamos pescando en el lago, en una barca. Se acercaba una tormenta, pero no podía poner en marcha el motor. Mi hermana y su amiga no paraban de reírse. Pero yo tenía miedo. En eso me he despertado. ¿No es raro? ¿Qué te parece?
—Escríbelo —le dije, encogiéndome de hombros.
No tenía otra cosa que decirle. Yo no sueño. Hace años que no sueño nada. O a lo mejor sí, pero cuando me despierto no me acuerdo de nada. No soy ningún especialista en sueños; ni en los míos ni en los de nadie. Una vez Dotty me contó que poco antes de casarnos se pasó la noche ladrando en sueños. Al despertarse vio a su perrito, Bingo, sentado a los pies de la cama y mirándola de manera extraña. Se dio cuenta de que había ladrado en sueños. ¿Qué significaría eso?, se preguntó. Lo calificó de pesadilla, añadiéndolo a su libro de sueños, y eso fue todo. No le dio más vueltas. Nunca interpretaba sus sueños. Se limitaba a escribirlos y luego, cuando tenía otro, lo anotaba a continuación.
—Bueno, me subo —le dije—. Tengo que ir al cuarto de baño.
—Estaré enseguida. Primero tengo que espabilarme Quiero pensar un poco más en este sueño.
En realidad no tenía que ir al cuarto de baño, de manera que cogí una taza de café y me senté a la mesa de la cocina. Estábamos en agosto, en plena canícula, y teníamos las ventanas abiertas. Hacía calor, ya lo creo. Asfixiante. Mi mujer y yo nos pasamos casi todo el mes durmiendo en el sótano. Pero nos arreglamos bien. Llevamos abajo colchones, almohadas, sábanas, de todo. Teníamos una mesita, una lámpara, un cenicero. Nos reíamos. Era como volver a empezar. Pero arriba todas las ventanas estaban abiertas, y en la casa de al lado también lo estaban. Sentado a la mesa, oí a Mary Rice, la vecina. Era temprano, pero ya se había levantado y andaba por la cocina en camisón. Tarareaba una melodía, y me puse a escucharla mientras me bebía el café. Luego sus hijos aparecieron en la cocina y los saludó diciendo:
—Buenos días, niños. Buenos días, mis seres queridos.
En serio. Eso es lo que les dijo su madre. Luego se sentaron a la mesa, riéndose de algo, y uno de los niños empezó a golpear la silla contra el suelo, riendo a carcajadas.
—Ya está bien, Michael —le dijo su madre—. Termínate los cereales, cariño.
Al cabo de un momento, Mary Rice mandó a sus hijos a que fueran a vestirse para ir al colegio. De nuevo se puso a tararear mientras fregaba los cacharros. Al escucharla, pensé: Soy un hombre de suerte. Tengo una mujer que siempre sueña algo diferente, que todas las noches se acuesta a mi lado y en cuanto se queda dormida algún hermoso sueño la transporta muy lejos.
Unas veces sueña con caballos, con tormentas y gente, y otras hasta cambia de sexo en el sueño. Yo no echaba en falta mis propios sueños. Sólo tenía que pensar en los suyos para no sentirme frustrado. Y además en la casa de al lado tengo una vecina que se pasa el día cantando o tarareando. En general, me sentía bastante afortunado.
Me acerqué a la ventana para ver cómo se marchaban al colegio los niños de al lado. Vi cómo Mary Rice los besaba a los dos en la mejilla, diciendo: Adiós, niños.
Luego cerró la puerta mosquitera, se quedó detrás un momento, viendo cómo los niños se alejaban por la calle, y después dio media vuelta y volvió a entrar en la casa.
Conocía sus costumbres. Ahora dormiría unas horas: nunca se acostaba al volver de su trabajo nocturno, poco después de las cinco de la mañana. La chica que le hacía de canguro —Rosemary Bandel, una vecina— esperaba a que ella llegase y luego cruzaba la calle y entraba en su casa. Y entonces las luces permanecían encendidas en casa de Mary Rice durante el resto de la noche. A veces, si tenía las ventanas abiertas, como ahora, oía música de piano, y una vez hasta oí a Alexander Scourby leyendo Grandes esperanzas.
A veces, cuando no podía conciliar el sueño —mi mujer dormía y soñaba a mi lado—, me levantaba de la cama y subía para sentarme a la mesa y escuchar su música o sus libros grabados, acechando el momento en que su silueta pasara delante de un visillo o se recortara por detrás de la persiana. Alguna que otra vez sonaba el teléfono muy temprano, a una hora intempestiva, pero ella siempre lo cogía a la tercera llamada.
Sus hijos, según averigüé, se llamaban Michael y Susan. A mis ojos no se diferenciaban en nada de los demás niños del barrio, salvo en que cuando los veía, pensaba: Qué suerte tenéis, niños, de tener una madre que os cante. Vuestro padre no os hace ninguna falta. Una vez vinieron a casa a vendernos unas pastillas de jabón, y en otra ocasión llamaron a la puerta para ofrecernos semillas. Nosotros no tenemos jardín, desde luego —donde vivimos nosotros no crece nada—, pero se las compré de todos modos, qué demonios. La noche de Halloween también vinieron, con la chica que los cuidaba —su madre, naturalmente, estaba trabajando—, y les di chocolatinas y saludé con la cabeza a Rosemary Bandel.
Mi mujer y yo somos los vecinos más antiguos del barrio. Hemos visto llegar y marcharse a todo el mundo. Mary Rice vino hace tres años con su marido y sus hijos. Su marido era un técnico de la compañía telefónica, encargado del tendido y mantenimiento, y se marchaba a trabajar a las siete de la mañana y volvía a las cinco de la tarde. Luego dejó de llegar a esa hora. Volvía cada vez más tarde, si es que volvía.
Mi mujer también lo notó.
—Hace tres días que no lo veo —dijo.
—Yo tampoco —dije.
Unos días antes, por la mañana, había oído gritos, y uno de los niños lloraba; quizás los dos.
Luego, en el mercado, la vecina que vivía al lado de Mary Rice contó a mi mujer que el matrimonio se había separado.
—Los ha abandonado, a ella y a los niños —dijo aquella mujer—. El hijo de puta.
Y entonces, no mucho después, como su marido se había despedido del trabajo y se había marchado de la ciudad, Mary Rice tuvo que buscarse el sustento y encontró trabajo en un restaurante donde servía cócteles y no tardó mucho en pasarse toda la noche escuchando música y grabaciones de libros. Y cantando unas veces y tarareando otras. La otra vecina de Mary Rice dijo que se había matriculado en la universidad para hacer dos cursos por correspondencia. Se estaba creando una nueva vida, aseguró la vecina, una nueva vida para ella y para sus hijos.
Como el invierno se acercaba decidí poner las contraventanas. Mientras estaba fuera, subido en la escalera, los niños de al lado, Michael y Susan, salieron de la casa como un tromba, en compañía del perro y haciendo que la puerta mosquitera se cerrara de golpe
tras ellos. Corrieron por la acera ya con los abrigos
puestos, dando patadas a los montones de hojas muertas.
Mary Rice salió a la puerta y vio cómo se alejaban. Luego me miró a mí.
—Buenos días —dijo—. Por lo visto, ya se está preparando para el invierno.
—Así es —dije—. Pronto se nos echará encima. —Sí, no tardará mucho —dijo ella. Luego esperó un momento, como si fuera a añadir algo, y dijo—: Bueno, encantada de hablar con usted. —El placer ha sido mío.
Eso fue poco antes del día de Acción de Gracias, Una semana después, más o menos, cuando entré en la habitación con el café y el zumo de mi mujer, me la encontré ya despierta e incorporada y lista para contarme su sueño. Dio unas palmaditas sobre la cama, y me senté a su lado.
—Éste sí que es la monda —dijo—. Si quieres oír algo bueno, atiende.
—Adelante —dije.
Tomé un sorbo de su taza y se la di. Ella cerró las manos en torno a la taza, como si las tuviera frías.
—Íbamos en barco —dijo.
—Nunca hemos ido en barco —dije.
—Lo sé, pero íbamos en un barco grande, un crucero, creo. Estábamos acostados, en una litera o algo así, cuando llamaron a la puerta y entró alguien con una bandeja de magdalenas. Dejaron la bandeja y volvieron i salir. Me levanté a coger una magdalena. Tenía hambre, sabes, pero cuando la toqué, me quemó la punta de los dedos. Entonces se me empezaron a encoger los dedos de los pies, como cuando tienes miedo, ya sabes. Me volví a acostar pero entonces oí una música fuerte, de Scriabin, y luego un entrechocar de copas, centenares, quizás miles de copas, todas resonando a la vez. Te desperté, te lo conté y me dijiste que ibas a ver lo que pasaba. Recuerdo que cuando saliste vi pasar la luna fuera, por delante del ojo de buey. Luego el barco debió de virar o algo así, porque volvió a pasar la luna inundando de luz el camarote. Entonces volviste, en pijama, tal como te habías marchado, y te acostaste y te dormiste otra vez sin decir palabra. La luna brillaba al otro lado de la ventana y en el camarote relucía todo, pero tú seguías sin decir nada. Me acuerdo de que me asus—taste un poco con tu silencio y de que se me volvieron a encoger los dedos de los pies. Luego me volví a dormir V aquí estoy. ¿Qué te parece? Menudo sueño, ¿no? ¡Dios mío de mi vida! ¿Qué podrá significar? Tú no has soñado nada, ¿verdad?
Dio un sorbo de café y se me quedó mirando. Sacudí la cabeza. No sabía qué decir, de manera que le recomendé que lo anotara en el cuaderno.
—Pues vaya, no sé. Se están volviendo muy raros, ¿no te parece?
—Anótalo en el cuaderno.
Enseguida llegaron las navidades. Compramos un árbol, lo adornamos y la mañana de Navidad intercambiamos regalos. Dotty me regaló un par de manoplas, un globo terráqueo y una suscripción a la revista Smithsonian. Yo le regalé un perfume —se sonrojó al abrir el paquete— y un camisón. Me abrazó. Luego subimos al coche y fuimos a comer a casa de unos amigos.
Entre Navidad y primero de año vino una ola de frío. Nevó, y luego volvió a nevar. Un día, Michael y Susan estuvieron en la calle el tiempo suficiente para hacer un muñeco de nieve. Le pusieron una zanahoria en la boca. Por la noche veía el resplandor de la tele por la ventana de su cuarto. Mary Rice seguía yendo a trabajar todas las noches, Rosemary venía a cuidar de los niños y la luz siempre permanecía encendida toda la noche.
En Nochevieja fuimos al otro extremo de la ciudad a cenar con nuestros amigos. Jugamos a las cartas, vimos la tele y a medianoche abrimos una botella de champán. Harold y yo nos estrechamos la mano y nos fumamos un puro. Luego Dotty y yo cogimos el coche y volvimos a casa.
Pero —y aquí es donde empieza lo malo— al llegar al barrio nos encontramos la calle bloqueada por dos coches patrulla. Sus luces giraban sin parar sobre la carretera. Otros coches, automovilistas curiosos, se habían parado, y los vecinos habían salido de sus casas. Muchos estaban vestidos y llevaban abrigo, pero había gente en pijama con gruesos abrigos encima que evidentemente se habían puesto a toda prisa. Cerca de casa había dos coches de bomberos aparcados, uno delante del jardín y otro en el camino de entrada de la casa Mary Rice.
Di mi nombre a un policía y le expliqué que vivíamos allí, donde estaba el camión grande.
—¡Están delante de nuestra casa! —griró Dotty.
El policía me dijo que teníamos que aparcar e ir andando.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté.
—Parece que se ha prendido fuego una estufa. Bueno, eso es lo que me han dicho. En la casa había unos niños. Tres, contando la canguro. Ella salió. Por desgracia, los niños se quedaron dentro. Se asfixiaron con el humo.
Echamos a andar por la calle, hacia casa. Dotty me cogió del brazo y se apretó contra mí.
—¡Ay, Dios mío! —repetía.
Ya cerca, en el tejado de la casa de Mary Rice, iluminado por los focos de los bomberos, vi a un hombre con una manguera. Pero ya no echaba sino un hilillo de agua. Habían roto la ventana del dormitorio, y dentro se veía a un hombre que se movía por el cuarto con algo que podía ser un hacha. Entonces un bombero salió por la puerta con algo en los brazos, y vi que era el perro de los niños. Me causó mucha impresión.
Había por allí una camioneta de la cadena local de televisión y un operador filmaba con una cámara que llevaba sobre el hombro. Los vecinos se apiñaban alrededor. Los coches de bomberos estaban con el motor en marcha, y de cuando en cuando se oían voces por la radio. Pero ninguno de los mirones decía nada. Me fijé en ellos y reconocí a Rosemary, que estaba con la boca abierta entre su padre y su madre. Luego sacaron a los niños en camilla. Eran tipos enormes, los bomberos, con botas, impermeables y cascos, hombres de aspecto indestructible que parecían tener cien años mas de vida por delante. Salieron a la calle, uno a cada extremo de las camillas, llevando a los niños.
—Oh, no —decía la gente que estaba mirando. Y repetía luego—: Oh, no.
—¡No! —lloró alguien.
Dejaron las camillas en el suelo. Apareció un hombre con traje y gorro de lana que aplicó un estetoscopio al corazón de los niños para ver si había algún latido, hizo luego una seña con la cabeza a los enfermeros de la ambulancia, que fueron a recoger las camillas.
En aquel momento llegó un coche pequeño y Mary Rice bajó de un salto del asiento del pasajero. Corrió hacia los enfermeros que estaban a punto de introducir las camillas en la ambulancia.
—¡Déjenlos en el suelo! —gritó—. ¡Déjenlos en el suelo!
Y los enfermeros se detuvieron, pusieron las camillas en el suelo y dieron un paso atrás. Mary Rice se irguió sobre sus hijos y aulló; si, no hay otra palabra. La gente se retiró y se acercó de nuevo cuando Mary se arrodilló en la nieve junto a las camillas y, primero a uno y luego a otro, acarició el rostro de los niños.
El hombre del traje y el estetoscopio se aproximó a Mary Rice y se arrodilló a su lado. Otro —seguramente el jefe de bomberos o, si no, su ayudante— hizo una seña a los enfermeros, luego se acercó a Mary Rice, la ayudó a ponerse en pie y le rodeó el hombro con los brazos. El del traje estaba al otro lado de ella, pero no la tocó. El conductor del coche que la había traído a casa se adelantó ahora a ver lo que pasaba, pero no era mas que un muchacho de aspecto asustado, un friegaplatos o ayudante de camarero. Se dio cuenta de que no tenía derecho a presenciar el dolor de Mary Rice. Retrocedió y se apartó de la gente, mirando fijamente las camillas que los enfermeros introducían en la parte trasera de la ambulancia.
—¡No! —gritó Mary Rice, precipitándose hacía el vehículo cuando introducían en él las camillas.
Me acerqué entonces a ella —nadie hacía nada— y la cogí del brazo.
—Mary, Mary Rice —dije.
Se dio media vuelta rápidamente y se encaró conmigo.
—No lo conozco, ¿qué quiere usted? —me dijo. Llevó el brazo hacia atrás y me dio una bofetada en la cara.
Luego subió a la ambulancia con los enfermeros. La ambulancia arrancó y fue patinando por la calle, tocando la sirena mientras los mirones se apartaban para dejarla pasar.
Dormí mal aquella noche. Y Dotty no paró de moverse ni de quejarse en sueños. Comprendí que estaba muy lejos de mí. Por la mañana no le pregunté lo que había soñado, y ella tampoco me dijo nada. Pero cuando entré en la habitación con el zumo de naranja y el café, tenía el cuaderno en las rodillas y un bolígrafo en la mano. Dejando dentro el bolígrafo, cerró el cuaderno y me miró.
—¿Qué pasa ahí al lado? —me preguntó.
—Nada —dije—. La casa está a oscuras. Hay huellas de neumáticos en la nieve. La ventana de la habitación de los niños está rota. Eso es todo. Nada más. A no ser por eso, por la ventana de la habitación, nadie pensaría que ha habido fuego. Nadie se imaginaría que han muerto dos niños.
—Esa pobre mujer —dijo Dotty—. Pobrecilla, por Dios santo, qué desgraciada debe ser. Que Dios nos asista. Y a ella también.
Durante toda la mañana no dejó de pasar gente por delante de la puerta de Mary Rice. Coches que circulaban despacio, mientras sus ocupantes contemplaban la casa. O peatones que se acercaban a observar la ventana, fijándose en la nieve pisoteada de la parte delantera, para luego seguir su camino. Hacia mediodía me encontraba frente a la ventana cuando llegó una furgoneta y aparcó. Mary Rice y su ex marido, el padre de los niños, se bajaron y se dirigieron a la casa. Caminaban despacio, y el hombre la cogió del brazo para ayudarla a subir los escalones del porche. La puerta se había quedado abierta la noche anterior. Ella entró primero. Luego pasó él.
Por la noche revivimos todo el suceso en las noticias locales.
—No puedo verlo —dijo Dotty, pero siguió mirando, igual que yo.
En las imágenes salía la casa de Mary Rice y un bombero en el tejado que dirigía la manguera hacia la ventana rota. Luego sacaban a los niños de la casa, y de nuevo vimos cómo Mary Rice caía de rodillas. Después, cuando introducían las camillas en la ambulancia, Mary Rice daba media vuelta, se encaraba con alguien y gritaba: «¿Qué quiere usted?».
Al día siguiente, sobre la doce, la furgoneta se detuvo delante de la casa. Un momento después, antes incluso de que el conductor pudiera apagar el motor, Mary Rice bajaba los escalones del porche. El conductor se bajó, dijo «Buenos días, Mary» y le abrió la puerta del pasajero. Luego se marcharon al entierro.
El hombre pasó las cuatro noches siguientes en la casa, y al otro día, al levantarme —temprano, como siempre—, vi que la furgoneta no estaba y comprendí que se había marchado.
Aquella mañana Dotty me contó uno de sus sueños. Estaba en una casa de campo y aparecía un caballo blanco que la miraba por la ventana. En eso se despertó.
—Quiero hacer algo para mostrarle nuestro pesar —dijo Dotty—. Invitarla a cenar, quizás.
Pero pasaron los días y no hicimos nada, ni Dotty ni yo, para que viniera a casa. Mary Rice volvió a trabajar, sólo que ahora lo hacía de día, en una oficina. Yo la veía salir por la mañana y volver poco después de las cinco. Sobre las diez de la noche se apagaban las luces. En la habitación de los niños siempre estaba bajada la persiana, y suponía, aunque no podía estar seguro, que la puerta permanecía cerrada.
Un sábado, hacia finales de marzo, salí a desmontar las contraventanas. Al oír ruido volví la cabeza y vi a Mary Rice, que trataba de remover la tierra con una pala en la parte de atrás de su casa. Llevaba pantalones, jersey y un sombrero de paja.
—Buenos días —dije.
—Buenos días —dijo—. No sé si me estoy precipitando, pero tengo mucho tiempo libre, ya sabe, y bueno, pues es la época del año que indican en el paquete. —Sacó del bolsillo un paquete de semillas—: El año pasado mis hijos fueron vendiendo semillas por el barrio. Al limpiar los cajones encontré unos paquetes.
No le mencioné los que yo tenía en el cajón de la cocina.
—Hace tiempo que mi mujer y yo queríamos invitarla a cenar —le dije—. ¿Le apetecería venir un día de éstos? ¿Esta noche, si no tiene otra cosa que hacer?
—Bueno, por qué no. De acuerdo. Pero ni siquiera sé cómo se llama usted. Ni su mujer tampoco.
Se lo dije y luego le pregunté:
—¿Le parece bien a las seis?
—¿Cuándo? Ah, sí. A las seis está bien. —Empuñó la pala y removió la tierra—. Voy a seguir, a ver si planto las semillas. Iré a las seis. Gracias.
Volví a casa y le dije a Dotty lo de la cena. Saqué los platos y los cubiertos. Cuando volví a mirar por la ventana Mary Rice se había metido en casa, ya no estaba en el jardín.

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mayo 04, 2011

Una buena taza de té

 
 
    Si buscas 'té' en el primer libro de cocina que cae en tus manos, seguramente no lo encontrarás; o a lo máximo hallarás un par de líneas con unas escuetas instrucciones que no contienen los puntos más importantes. 
    Hecho curioso, no sólo porque el té es uno de los productos más importantes de la civilización de este país, de Irlanda, Australia y Nueva Zelanda, sino porque su método de preparación es motivo de las más violentas disputas.
    Cuando leo mis propias instrucciones para la taza perfecta de té, encuentro un mínimo de once puntos importantes. Dos de ellos son ampliamente aceptados, pero al menos cuatro son altamente controvertidos. He aquí mis propios once puntos, considerados por mí como reglas de oro:
    Primero: Uno debería utilizar té de la India o de Ceilán. El té chino tiene sus virtudes que hoy en día no deben ser despreciadas -es barato, y se puede beber sin leche- pero no es muy estimulante. Uno no se siente más sabio, más bueno u optimista después de beberlo. Cualquiera que utiliza la frase "una buena taza de té" siempre se refiere al té de la India.
    Segundo: El té debe prepararse en pequeñas cantidades, es decir, en una tetera. Un té preparado fuera de una urna siempre es insípido, que como el té del ejército, que se prepara en grandes cacerolas, sabe a grasa y detergente. La tetera debería estar hecha de porcelana china o barro cocido. Las teteras de plata o de porcelana británica producen un té de inferior calidad y otras teteras aún son peor. Sin embargo, las teteras de estaño no están tan mal. 
    Tercero: La tetera debe calentarse previamente. Es mejor hacerlo sobre una estufa de leña que llenándola de agua caliente. 
    Cuarto: El té debería ser fuerte. Para una tetera de un cuarto y si quieres llenarla hasta el borde, seis cucharadas de té deberían ser suficientes. En tiempos de racionamiento, esto no se puede hacer cada día de la semana, pero yo mantengo que una taza de té fuerte vale más que veinte tazas de té débil. Todos los amantes del té no sólo lo quieren fuerte, sino que cada año lo preparan más potente –un hecho que se reconoce con una ración extra para los pensionistas. 
    Quinto: El té debe colocarse directamente en la tetera. No utilices tamices, bolsas de tela u otros artefactos que aprisionan el té. En algunos países, el té se coloca en unas cestas colgantes para retener las hojas del té, que se supone son venenosas. En realidad, uno se puede tragar una considerable cantidad de hojas de té sin efectos secundarios. Si el té no está suelto dentro de la tetera, la infusión nunca es suficiente. 
    Sexto: Uno debe ir con la taza hasta la tetera, y no al revés. El agua debe hervir en el momento del impacto, lo cual significa que debe estar sobre el fuego un segundo antes de verterla en la tetera. Hay gente que afirma que sólo debería utilizarse agua recién hervida, pero yo personalmente no he notado diferencia alguna. 
    Séptimo: Hecho el té, uno debería removerlo o mejor mover la tetera y seguidamente dejar que las hojas se depositen en el fondo. 
     Octavo: Uno debería beberlo en una buena taza de desayuno –es decir, la típica taza cilíndrica alta y no la plana y poco honda. En la taza cilíndrica cabe más y el té no se enfría antes de llevarla a los labios, como ocurre con la taza ancha y baja. 
    Noveno: Uno debería retirar la crema de la leche antes de añadirla al té. La leche demasiado cremosa modifica el sabor del té. 
    Décimo: Uno debe verter primero el té en la taza. Este es el punto mas controvertido; de hecho, en todas las familias británicas hay dos escuelas sobre el tema. La escuela de "la leche primero" puede tener algunos argumentos de peso, pero yo sigo opinando que mi argumento es irrefutable: al poner primero el té y removiéndolo mientras se vierte la leche, uno puede ajustar exactamente la cantidad de leche. En el caso inverso, uno podría haber puesto demasiada leche. 
    Y por último: El té -excepto si se bebe al estilo ruso- debería beberse sin azúcar. Se muy bien que en este punto formo parte de la minoría. Pero ¿cómo puede un amante del té destruir su sabor metiendo azúcar? También se podría meter sal o pimienta... El té debe ser amargo, como la cerveza. Si lo endulzas, ya no sientes su sabor. Podrías crear un brebaje similar simplemente añadiendo azúcar a una taza de agua caliente... 
    Alguna gente te dirá que no les gusta el té en sí, que lo beben para calentarse o estimularse y que necesitan ponerle azúcar para eliminar el sabor del té. A esta gente equivocada, yo le digo: "intenta beber té sin azúcar durante un par de días y es muy improbable que vuelvas nunca a estropearlo añadiendo azúcar". 
    Estos no son los únicos puntos de la controversia sobre cómo beber té, pero son suficientes para mostrar lo sofisticado que se ha vuelto este tema. También existe todo esta misteriosa etiqueta social que envuelve la taza de té (por ejemplo ¿por qué se considera una vulgaridad beber el té del platito de la taza?) y existe mucho escrito sobre el uso secundario de las hojas de té, como por ejemplo leer el futuro, la predicción de una eminente visita inesperada, alimento para los conejos, curar quemaduras y limpiar la alfombra. Lo importante es poner atención a detalles como calentar la tetera y utilizar agua que está hirviendo para conseguir estas veinte tazas de buen y fuerte té a partir de una ración de onzas... 



Publicado en el Evening Standard el 12 de enero de 1946. (The Collected Essays, Journalism and Letters of George Orwell, Volumen 3, 1943-45, Penguin. Traducido por Manel Franquesa, subsubdirector de La Veritat, diario renacentista de Castelldefels.

 
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