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abril 29, 2011

Escribiendo el curriculum




¿Qué hay que hacer?
Presentar una instancia
y adjuntar el curriculum.

Sea cual fuere el tiempo de una vida
el curriculum debe ser breve.

Se ruega ser conciso y seleccionar los datos,
convertir paisajes en direcciones
y recuerdos confusos en fechas concretas.

De todos los amores basta con el conyugal,
los hijos: sólo los nacidos.

Importa quién te conoce, no a quiénes conozcas.
Viajes, sólo al extranjero.
Militancia en qué, pero no por qué.
Condecoraciones sin mencionar a qué méritos.

Escribe como si jamás hubieras dialogado contigo mismo
y hubieras impuesto entre tú y tú la debida distancia.

Deja en blanco perros, gatos y pájaros,
bagatelas cargadas de recuerdos, amigos y sueños.

Importa el precio, no el valor.
Interesa el título, no el contenido.
El número del calzado, no hacia dónde va
quien se supone que eres.
Adjuntar una fotografía con la oreja visible:
lo que cuenta es su forma, no lo que oye.
¿Qué oye?
El fragor de las trituradoras de papel.
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abril 27, 2011

Las linternas flotantes



XV

El poema es el rostro en el espejo
más verdadero que el rostro y que el espejo.
El poema es el flujo de la sangre
                                                        más allá del cuerpo,
el ritmo de la sangre más allá de la sangre
— sus causes rigurosos, su latido sordo y unitario.

El poema es el ritmo de lo otro en mí
más allá de mí, siempre, más allá,
donde mi silencio se topa con tu ritmo
y repercute en mí, que solfeo en el poema
un ritmo numinoso,
cifra que hace eco en el eco
que es cuerpo verdadero
— lo numinoso en ti y en mí —
el ciclo de las esferas tocándose y abandonándose
— alejándose, sí, una de la otra,
pero desasiéndose de sí también
cada cual
en su dorada, fecunda negligencia.

En su ritmo me despliego.
En su metrónomo
                             caprichoso y fugaz
despliega el universo sus fantasmagorías
— su verdad.

No hay traducción posible.
— o sí la hay:
de lo uno a sí mismo,
de lo uno a aquello que tantea y vence
de lo que sabe de sí
— su pobre imerio.

El poema, digo,
digo música, digo                   el movimiento
de la danza en el cuerpo, el de la piedra esculpida...
Y la música en el trazo y en la piedra, digo,
y el movimiento sinuoso y firme del poema,
docta cadencia, felicísima caída en el cruce
de todos los sentidos.


en Las linternas flotantes, Bajo La Luna, 2009
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abril 25, 2011

Cuatro caminos hacia el perdón



What is one man’s and one woman’s love and desire, against the history of two worlds, the great revolutions of our lifetimes, the hope, the unending cruelty of our species? A little thing. But a key is a little thing, next to the door it opens. If you lose the key, the door may never be unlocked. It is in our bodies that we lose or begin our freedom, in our bodies that we accept or end our slavery. So I wrote this book for my friend, with whom I have lived and will die free.

***

¿Qué son el amor y el deseo de un hombre y de una mujer contra la historia de dos mundos, las grandes revoluciones de nuestras vidas, la esperanza, la crueldad sin fin de nuestra especie? Una cosa pequeña. Pero una llave es una cosa pequeña al lado de la puerta que abre. Si se pierde la llave, la puerta pudiera no ser abierta nunca. Es en nuestros cuerpos donde perdemos nuestra libertad o la iniciamos, en nuestros cuerpos donde aceptamos nuestra esclavitud o terminamos con ella. Por ello escribí este libro para mi amigo, con quien he vivido y moriré libre.


Ursula K. Le Guin
A Woman's Liberation

Four Ways to Forgiveness

Perennial, 2004
[ p.280 ]
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abril 13, 2011

La gloriosa mañana de abril en que me crucé a la chica 100% perfecta para mí




Una gloriosa mañana de abril del año 1981, caminando por una callecita transversal del distrito Harajuku de Tokio, me cruzo con la chica 100% perfecta para mí.

Para ser franco, no es especialmente despampanante. Nada en ella llama la atención, ni siquiera la manera de vestir, y el pelo conserva todavía la marca de la almohada. Tampoco es especialmente joven (ha de andar cerca de los treinta: o sea que ni siquiera califica como chica, si hablamos con propiedad). Pero aun así, y ya a cincuenta metros de distancia, sé que es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento en que la vi empecé a sentir este temblor en el pecho y tengo la boca más seca que el desierto.

Cada uno de ustedes ha de tener su tipo favorito de chica: las de tobillos finos, las de ojos grandes, las de manos hermosas; quizá se sienten atraídos sin saber por qué a esas chicas que se toman su tiempo para comer. Yo también tengo mis preferencias. A veces en un restaurant me quedo mirando arrobado a una chica de otra mesa sólo por la forma de su nariz. Pero nadie puede garantizarnos que la chica 100% perfecta para nosotros responda a nuestros gustos predeterminados. A pesar de mi debilidad confesa por cierta clase de nariz, no puedo recordar ni remotamente la forma que tenía la de ella. Lo único que recuerdo de verdad es que no había nada en ella que llamara la atención.

Ya sé que es extraño. Me imagino contándoselo a un amigo:

Ayer me crucé por la calle a la chica 100% perfecta para mí.

¿Sí? ¿Era muy hermosa?, diría él.

No especialmente.

¿Pero era tu tipo de chica?

No sé, no puedo acordarme nada en concreto de ella. Ni el color de ojos ni el tamaño de las tetas…

Qué cosa más rara, diría mi amigo, ya aburrido. ¿Y qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?

No, tendría que contestarle yo. Sólo me la crucé por la calle. Ella venía caminando del este hacia el oeste; yo iba del oeste al este. Y era una mañana gloriosa.

Que se volvería realmente gloriosa si me animara a hablarle. Media hora bastaría –para preguntarle cosas de ella, para hablarle de mí y especialmente para explicarle las complejidades del destino que condujeron nuestros pasos hasta esta calle transversal de Harajuku, en esta gloriosa mañana de abril. Sería un monólogo lleno de detalles secretos perfectamente encastrados entre sí, como esos viejos relojes construidos en los tiempos en que la paz reinaba en el mundo. Después de aquella conversación en la calle iríamos a almorzar a alguna parte, y después al cine o a un bar a tomar unos tragos. Con un poco de suerte terminaríamos en la cama. Así es como golpea el destino la puerta de nuestro corazón.

Pero la distancia entre ella y yo se ha acortado ahora a menos de quince metros. ¿Cómo hacer para abordarla? ¿Qué decir?

“Buen día, preciosa. ¿Puedo robarte media hora de tu valiosísimo tiempo?” Ridículo; me consideraría un vendedor de seguros.

“¿Podrías decirme dónde hay un lavadero automático cerca?”. Igual de ridículo: no llevo ninguna bolsa de ropa sucia.

Quizá lo mejor sería decirle la verdad: “¿Sabes que eres la chica 100% perfecta para mí?”.

No. No me creería. E incluso si me creyera, no le interesaría hablar conmigo: “Lo lamento”, me diría, “puede que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí”. Y si ocurriera eso, yo me derrumbaría en pedazos. Nunca me recobraría del impacto. Ya tengo treinta y dos años; y ésa es la clase de cosas que vienen con la edad.

Cuando por fin nos cruzamos es justo delante de un puesto de flores. Una levísima masa de aire cálido toca mi piel. El asfalto está húmedo, el aroma de las flores también. Yo no consigo dirigirle la palabra y ella tiene puesto un suéter blanquísimo y lleva en la mano derecha un sobre igual de inmaculado. Está yendo al correo a despachar esa carta. Que estuvo toda la noche escribiendo, a juzgar por el cansancio de su mirada y el estado de su peinado. Quizás ese sobre contiene todos sus secretos.

Unos pasos después de cruzarme con ella me doy vuelta a mirarla, pero ya se ha esfumado entre la multitud.

Y, como siempre sucede, recién ahora se me ocurre qué tendría que haberle dicho –aunque hubiera sido demasiado largo, y demasiado complicado de decir en la calle, a una desconocida. Las ideas que se me ocurren carecen por lo general de eficacia.

El monólogo habría empezado con “había una vez” y terminado con “qué historia triste, ¿no?”.

Había una vez un chico y una chica. El chico tenía dieciocho años y la chica dieciséis. Él no era especialmente apuesto y ella no era especialmente hermosa. Eran un chico y una chica como cualquier otro. Pero los dos creían con todo su corazón  que en algún lugar del mundo había un chico 100% perfecto y una chica 100% perfecta para ellos. Sí, los dos creían en milagros. Y el milagro ocurrió.

Un día los dos se cruzaron en una esquina.

“Alucinante”, dijo él. “Te estuve buscando toda mi vida. Aunque no me creas, eres la chica 100% perfecta para mí”.

“Y tú eres el chico 100% perfecto para mí”, dijo ella. “Eres tal como te imaginaba. Es como un sueño”.

Se sentaron en el banco de un parque, tomados de las manos, y se contaron la historia de sus vidas. Hablaron durante horas. Ya no habría soledad para ellos: habían encontrado a la persona 100% perfecta. Un milagro, un milagro cósmico.

Sin embargo, mientras conversaban, un ínfimo matiz de duda fue asomando en sus corazones: ¿podía ser que los sueños se hicieran realidad tan fácilmente? En un silencio de la conversación, el chico le dijo a la chica:

“Probémonos. Por una única vez. Si realmente somos 100% perfectos para el otro, volveremos a encontrarnos. Y cuando eso ocurra sabremos que somos el uno para el otro, y nos casaremos, ese mismo día. ¿Qué dices?”

Ella asintió: “Es lo que tenemos que hacer”.

Así que se levantaron del banco y se alejaron por el parque, uno en dirección al este y el otro hacia el oeste.

Pero el trato que habían convenido era por completo innecesario. De hecho, jamás debieron comprometerse a tal cosa, porque eran realmente el uno para el otro, y sólo un auténtico milagro había permitido que se encontraran. Pero, claro, cómo habrían de saber tal cosa dos mocosos como ellos.

Las caprichosas mareas del destino procedieron entonces a sacudirlos sin piedad. Un invierno, tanto el chico como la chica pescaron una terrible gripe que atacó la ciudad. Luego de tenerlos más de una semana entre la vida y la muerte, el virus remitió, pero les borró la memoria. 
Cuando despertaron, ambos carecían de todo recuerdo de su vida previa a la enfermedad.

Como eran dos jóvenes voluntariosos y decididos, lograron a través de esfuerzos incansables ir adquiriendo los recursos necesarios para interactuar nuevamente en sociedad. Gracias al cielo, pudieron convertirse en ciudadanos de bien, que se orientaban perfectamente cuando tenían que hacer combinación de líneas en el metro o llamadas telefónicas de cobro revertido. De hecho, incluso fueron capaces de enamorarse de nuevo, llegando a veces a estar con la persona 75%, hasta 80% perfecta para ellos.

El tiempo pasó con asombrosa rapidez. Pronto él tuvo treinta y dos años y ella treinta. Y una mañana maravillosa de abril del año 1981, él andaba buscando un bar donde tomarse una buena taza de café y ella iba al correo a despachar una carta. Él iba caminando en dirección al oeste y ella iba en dirección al este por la misma callecita transversal del distrito Harajuku de Tokio. Cuando se vieron, un leve chispazo iluminó durante el más breve de los instantes los pasillos vacíos de sus memorias. Cada uno de los dos sintió un temblor en el pecho y supo:

Es la chica 100% perfecta para mí.

Es el chico 100% perfecto para mí.

Pero aquel destello de sus memorias fue demasiado leve y ni el uno ni el otro tuvo la claridad de pensamiento que había tenido catorce años antes. Se cruzaron sin decirse una palabra y cada uno siguió su rumbo, hasta perderse en la multitud, para siempre.

Qué historia triste, ¿no?

Sí, eso es exactamente lo que debería haberle dicho.

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abril 11, 2011

[¿Viaje nunca realizado?]




- ¿Naufragios? No, nunca estuve en ninguno. Pero tengo la impresión de que en todos mis viajes naufragué y que mi salvación estaba escondida en lapsos de inconsciencia.
- Sueños vagos, luces confusas, paisajes perplejos - he ahí lo que me resta en el alma de todo lo que viajé.
Tengo la impresión de haber conocido horas de todos los colores, amores de todos los sabores, ansias de todos los tamaños. Desbordé la vida y nunca me basté ni me soñé bastándome.
- Necesito explicarle que realmente viajé. Y si bien todo me sabe a haber viajado, nada me dice que he vivido. Llevé de un lado a otro, de norte a sur... de este a oeste, el cansancio de haber tenido un pasado, el hastío de vivir un presente, y el desasosiego de tener que tener un futuro. Sin embargo, a fuerza de empeñarme tanto, me agoto en el presente, aniquilo dentro de mí el pasado y el futuro.
- Caminé a orillas de los ríos cuyos nombres me encontré ignorando. Sentado a la mesa de cafés de ciudades visitadas, descubrí que todo me sabía a sueño, a vaguedad. ¡Llegué a creer, a veces, que seguía sentado a la mesa de nuestra casa antigua, inmóvil y deslumbrado por sueños! No puedo asegurarle que eso no sea cierto, que no siga allí ahora todavía, que todo esto, incluyendo esta conversación con usted no sea falso y aparente. ¿Usted quién es? Para colmo de los absurdos también esto es inexplicable...

Fernando Pessoa como Bernardo Soares
del Libro del desasosiego, editorial emecé, pag. 484


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abril 04, 2011

The Cinnamon Peeler


The Cinnamon Peeler


If I were a cinnamon peeler
I would ride your bed
and leave the yellow bark dust
on your pillow.


Your breasts and shoulders would reek
you could never walk through markets
without the profession of my fingers
floating over you. The blind would
stumble certain of whom they approached
though you might bathe
under rain gutters, monsoon.

Here on the upper thigh
at this smooth pasture
neighbor to your hair
or the crease
that cuts your back. This ankle.
You will be known among strangers
as the cinnamon peeler's wife.

I could hardly glance at you
before marriage
never touch you
-- your keen nosed mother, your rough brothers.
I buried my hands
in saffron, disguised them
over smoking tar,
helped the honey gatherers...

When we swam once
I touched you in water
and our bodies remained free,
you could hold me and be blind of smell.

                         You climbed the bank and said
this is how you touch other women
the grasscutter's wife, the lime burner's daughter.
And you searched your arms
for the missing perfume.

and knew

                         what good is it
to be the lime burner's daughter
left with no trace
as if not spoken to in an act of love
as if wounded without the pleasure of scar.

You touched
your belly to my hands
in the dry air and said
I am the cinnamon
peeler's wife. Smell me.


Michael Ondaatje

***

El pelador de canela

Si yo fuera un pelador de canela
Podría montar en tu cama
Y dejar el polvo amarillo de su corteza
Sobre tu almohada.

Tus pechos y hombros conservarían el hedor
No podrías caminar nunca por los mercados
Sin la profesión de mis dedos
Flotando sobre ti. Los ciegos
Tropezarían con la certeza de contra quién lo han hecho
Aunque te bañaras
Bajo arroyos de lluvia, del monzón.

Aquí en la entrepierna
En su suave pastizal
En la vecindad de tu cabello
O de la línea
Que divide tu espalda. En este tobillo.
Serías reconocida entre extraños
Como la esposa del pelador de canela.

Apenas pude mirarte
Antes del matrimonio,
Jamás tocarte
—Tu madre de afilado olfato, tus rudos hermanos—.
Sepulté mis manos
En azafrán, las encubrí
Con alquitrán humeante,
Ayudé a los recolectores de miel…

Alguna vez cuando nadamos
Te toqué bajo el agua
Y nuestros cuerpos permanecieron libres,
Podías estrecharme, ciega de cualquier aroma.

Subiste a la ribera y dijiste:

              Así es como tocas a otras mujeres
la esposa del jardinero, la hija del quemador de cal.
Y buscabas en tus brazos
El perfume ausente.
         
Y supiste

            Qué de bueno hay
En ser la hija del quemador de cal
Abandonada sin rastro
Como si no se le hablara durante el acto de amor
Como herida sin el gozo de llevar la cicatriz.

Acercaste
Tu vientre hacia mis manos
En el aire seco y dijiste
Yo soy la esposa del pelador de canela
Huéleme.
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